[Opinión] La columna como puente: por qué opinar también es hacer pensar

Por: Cesar Mora*
Imagen de portada: Generada con IA.
Presentar una columna de opinión no es, para quien la escribe, un acto menor. Implica asumir un compromiso que va más allá de la simple publicación periódica de textos. Es aceptar la responsabilidad de convertir la palabra en un puente: un puente tendido entre la realidad cruda de los territorios olvidados y la necesidad imperiosa de que esa realidad sea comprendida, debatida y, en el mejor de los casos, transformada.
Este espacio que hoy inauguro, después de cinco entradas, no busca ser un simple recuento de noticias ni un ejercicio de catarsis personal. Su propósito es más ambicioso y, a la vez, más humilde: servir de caja de resonancia para quienes, en departamentos como Guainía y Vichada, cargan con el peso de promesas incumplidas y con la cotidianidad de la negligencia. Pero también asume la función de educar, de tender ese puente conceptual que permita al lector —así sea exigente en ocasiones— no solo indignarse, sino también comprender las estructuras profundas que generan esa indignación.
Porque en Colombia, y particularmente en la periferia amazónica y orinoquense, no basta con denunciar. La denuncia, por sí sola, se desvanece con el mismo vértigo con que se consume la noticia. Es necesario dotar al ciudadano de herramientas analíticas. Es necesario explicar, como intenté hacerlo en columnas anteriores, que cuando un recibo de predial sube, no es un capricho burocrático del IGAC, sino la corrección de una distorsión histórica que los concejos municipales tienen la potestad de amortiguar. Es necesario desmontar, con la precisión de un concepto sociológico, por qué una ordenanza departamental que exige una tornaguía para una botella de licor se convierte en una “aduanas invisible” que criminaliza al ciudadano de a pie. Es necesario revelar, con la mirada de un clásico como Lewis Coser, cómo la fiesta institucionalizada opera como una “válvula de escape” que libera tensiones mientras las calderas de la crisis estructural siguen a punto de estallar.
Ese es el alma de este proyecto de opinión: evaluar situaciones problemáticas para estos territorios —desde los avalúos catastrales hasta la inversión de mil millones en luces de neón, desde la crisis energética hasta la reconfiguración del poder legislativo— y analizarlas a través de conceptos. No por un afán academicista, sino porque la teoría, bien empleada, ilumina realidades que de otro modo permanecerían en la penumbra de lo anecdótico.
Entiendo que algunas entradas puedan resultar exigentes para el lector. No es un defecto; es parte del diseño. La democracia y la ciudadanía activa no se construyen con consignas simplistas, sino con la capacidad de enfrentar argumentos, de estudiar nuevos conceptos y de articularlos con la propia experiencia. Si al terminar cada columna, el lector se siente no solo informado, sino también equipado con una nueva categoría para mirar su entorno, el esfuerzo habrá valido la pena.
Este puente también es bidireccional. Desde mi formación como sociólogo, con una trayectoria enfocada en la investigación social aplicada, la formulación de políticas públicas con enfoque diferencial y el trabajo de campo con comunidades indígenas en la Amazonía, he aprendido que la verdadera comprensión de un territorio no se encuentra en los escritorios, sino en los caminos. Mi paso por el IGAC en la operación catastral multipropósito, mi labor como referente regional del Sistema Nacional del Bienestar Familiar en Guainía, y mi trabajo de asesoría con organizaciones indígenas, me han enseñado que cada concepto, cada norma, cada política pública impacta la vida de las personas de una manera muy concreta.
Esa comprensión profunda no es para mí un ejercicio académico desprendido, sino una experiencia encarnada. Soy parte de esta tierra. Mi pertenencia al pueblo indígena no es un dato biográfico decorativo; es la lente a través de la cual miro el mundo, el ancla que define mis lealtades y el fuego que alimenta mi compromiso inquebrantable con el bienestar de los nuestros. Ese compromiso, nacido del corazón de la comunidad y forjado en años de caminar el territorio, es el que me obliga a ser riguroso, a no conformarme con la denuncia fácil ni con el aplauso cómodo. Por eso, este puente que hoy tendemos no se quebrará bajo la presión de quienes prefieran el silencio cómplice o la verdad a medias. La palabra que nace del territorio y regresa a él no negocia su verdad; la sostiene, la defiende, la honra. Ese es mi principio. Y por él, este espacio seguirá en pie, firme, como los cerros de Mavicure: sin pedir permiso, sin pedir perdón.
La columna, entonces, será el lugar donde la experiencia práctica se encuentre con el rigor analítico. Un espacio para denunciar, sí, pero siempre con la pretensión de iluminar el engranaje que permite que la denuncia exista. Un espacio para darle voz a quienes no la tienen, no desde el paternalismo, sino desde la construcción de argumentos que empoderen.
En un país donde la palabra pública suele ser moneda de cambio, asumir una columna de opinión con estas convicciones es, quizás, un acto de terquedad. Pero es la terquedad necesaria para insistir en que los territorios como Guainía y Vichada no sean vistos solo como escenarios de crisis o como postales exóticas de la “Colombia profunda”, sino como lugares donde los conceptos se encarnan, donde las políticas se ejecutan —o se omiten— y donde la ciudadanía, con sus festejos y sus apagones, con sus injusticias y sus resistencias, exige un análisis a la altura de su complejidad.
Todos los martes serán bienvenidos a este puente.
*Cesar Mora es Sociólogo egresado de la Universidad de Caldas, Especialista en Gerencia de Proyectos por la Corporación Universitaria Minuto de Dios y actualmente cursa la Maestría en Métodos y Técnicas de Investigación Social Aplicada en la Universidad Internacional de la Rioja. Su trayectoria profesional se orienta hacia la investigación social aplicada, la formulación y ejecución de proyectos de intervención con comunidades indígenas amazónicas, y la formulación e implementación de políticas públicas con enfoque diferencial. Ha sido coordinador de la Secretaría de Asuntos Indígenas en Guainía, líder de profesionales sociales del IGAC, y referente regional del Sistema Nacional de Bienestar Familiar.
