Caño Motobomba un santuario que agoniza y una responsabilidad que no podemos evadir
María Esperanza Castro Torres
Prensa Libre del Guainía
El Caño Motobomba no es simplemente un cuerpo de agua que atraviesa la ciudad de Inírida, es parte de la vida ambiental del municipio, un espacio de riqueza natural, santuario de flora y fauna, y un ecosistema que cumple una función fundamental para el equilibrio del territorio y el abastecimiento de agua.
Hoy, sin embargo, este importante ecosistema agoniza lentamente… La contaminación, el vertimento de aguas residuales, la acumulación de basuras y la invasión humana han convertido el cañón Motobomba en el reflejo de una problemática que durante años ha sido advertida, pero que aún espera respuestas contundentes.
Su situación de maltrato llegó a la justicia y el Juzgado Segundo Administrativo del Circuito de Villavicencio dispuso medidas orientadas a su protección y recuperación. La decisión judicial constituye un llamado de atención frente al deterioro de este ecosistema, pero también plantea una pregunta que no puede seguir aplazandose.
¿Qué estamos haciendo realmente para recuperar el Caño Motobomba?
Porque proteger un ecosistema no significa únicamente elaborar diagnósticos, realizar reuniones o suscribir compromisos. Significa intervenir, prevenir, vigilar, corregir y garantizar que las acciones lleguen al territorio y produzcan resultados.
Pero esta responsabilidad no puede recaer exclusivamente sobre las instituciones, también es una responsabilidad ciudadana. El sentido de pertenencia comienza en el hogar. Comienza cuando enseñamos a nuestros hijos que la basura no se arroja al caño, que las aguas residuales no deben terminar contaminado las fuentes hídricas y que los recursos naturales no son depósito de desperdicios, sino patrimonio colectivo.

La educación ambiental debe comenzar en las instituciones educativas, en el hogar. Pero también en las casas, en los barrios y en cada espacio de convivencia. Las nuevas generaciones deben aprender a conocer, valorar y defender los ecosistemas que hacen parte del territorio. ¿Qué sentido tendría enseñarle a los niños el valor de la naturaleza mientras los adultos permitimos que nuestros caños se conviertan en basureros, se contaminen sus aguas y se talen sus bosques?
El caño Motobomba necesita una transformación cultural, necesita que la comunidad lo reconozca como suyo, que lo cuide y que entienda que cada acción individual tiene consecuencias colectivas
Durante años, hemos hablado de la riqueza ambiental del Guainia, de sus ríos, sus bosques, su biodiversidad y de la importancia estratégica de sus recursos naturales. Pero esa riqueza no puede quedarse en discursos mientras nuestros ecosistemas se deterioran ante nuestros ojos.
La negligencia institucional y la falta de sentido de pertenencia de algunos habitantes han contribuido a que hoy caño Motobomba y demás microcuencas urbanas estén en situación crítica. Y cuando un ecosistema agoniza, no solamente pierde la naturaleza… , pierde la comunidad.
Por eso, la decisión judicial debe convertirse en un punto de partida. Las autoridades ambientales, la administración municipal, la administración departamental, las entidades responsables, CDA y ciudadanía en general tiene que asumir compromisos concretos y verificables.
Hay que recuperar el caño Motobomba y demás microcuencas, proteger sus rondas, controlar los vertimentos, evitar que continúe la disposición inadecuada de residuos y fortalecer la educación ambiental.
Porque el caño Motobomba no puede ser recordado solamente por haber llegado a los tribunales, debe ser recordado como el ecosistema que Inírida decidió recuperar y quizá el primer paso sea entender algo sencillo pero profundo, el territorio que no aprendemos a cuidar y amar desde el hogar y desde el colegio, difícilmente podemos recuperarlo desde una oficina.
El Caño Motobomba tiene derecho a vivir, Inírida tiene la responsabilidad de devolverle la vida y no dejarlo morir.
