Los cantos de vaquería que luchan por sobrevivir entre la tradición y la modernidad en los Llanos colombo-venezolanos.
¡Jéeeee-pa! El vaquero volvió a bramar frente a las cámaras y se encumbró, con un salto de karateca, sobre el suave lomo de 'Niña Sabana', una dócil yegua broncínea con una facultad única en el mundo: desplazarse bajo las densas aguas de las ciénagas del Vichada.
En esa región remota, bajo un calor espeso y húmedo, brotan abundantes pastos con potencia selvática en sabanas infinitas que en verano adquieren una consistencia desmayada y crujiente, pero que, cuando retornan las lluvias, reverdecen jugosos de la tierra renegrida. Así, toda actividad humana retoma su espíritu colonizador, llevando a miles de cabezas de ganado en grandes trashumancias en busca de los mejores pastos para el engorde. Este ciclo ha sido siempre igual en aquella tierra lejana y es la razón por la que los hombres la bautizaron con el solemne nombre de La Primavera.
Cada lugar tiene su modalidad, y los campesinos de La Primavera destacan por su vocación ganadera y pesquera, gracias a la abundante irrigación de las antiguas aguas del Río Meta sobre el departamento de Vichada y toda la región de la Orinoquía.
La Niña Sabana es montada a pelo, es decir, sin silla, porque la mansedumbre es su mayor virtud, y el roce del cuerpo del jinete con el espinazo tibio del animal se compenetra tan perfectamente que parecen uno, como un centauro. El vaquero es Cristian Andrés Maldonado García, un joven de treinta y cuatro años, nacido de las entrañas del llano colombiano, quien crió a la mansa yegua desde la noche estrellada en que fue parida.
Todo está listo para comenzar la transmisión en directo, como todos los días desde hace seis años. El teléfono móvil pende de un lazo rústico, amarrado a las ramas de un frondoso árbol de caracaro. Cuelga a una altura cuidadosamente estudiada para que el plano general absorba la grandeza del lugar. De esta manera, cuando el disco solar empieza a levantarse y a cubrir el paisaje de visos dorados, el vaquero oprime el botón de “play”.
—Ehhh… quieeeta, quieeeta, mi niña —dice Cristian, prestando especial cuidado a la entonación y alargando las palabras para simular una especie de eco.
Azuza a la yegua con los talones desnudos —rara vez usa zapatos— y aúpa a las reses para que lo sigan. La Niña Sabana galopa suavemente, pero Cristian la guía para que regrese y no se salga del foco de la cámara del móvil.
Y entonces empieza uno de los momentos mágicos que solo pueden apreciarse en los hatos ganaderos del llano. ¡El vaquero canta y las vacas obedecen!
La transmisión, con tan solo unos pocos minutos al aire, surte el efecto deseado: en Facebook, Instagram, TikTok y YouTube, miles de personas desde distintos lugares del mundo comentan maravilladas la escena protagonizada por el vaquero y la Niña Sabana. Cristian, portando una camisa blanca, un jean azul arremangado por encima del tobillo y un sombrero pelo ’e guama negro como únicos pertrechos, continúa con su canto melancólico de melodías largas mientras los semovientes caminan lentamente, con las pezuñas hundidas en el barro. Son las seis y treinta de la mañana, y el deseo de Cristian es llevar el ganado durante varios kilómetros hasta otros potreros menos cenagosos antes de que se oculte el sol de esa jornada. Para un vaquero avezado, este trabajo es pan comido, teniendo en cuenta que su jornada más extensa ha sido de veintinueve días arreando ganados cerriles a lomos de un caballo.
Cuando se le pregunta al joven llanero por qué siente la necesidad de mostrarle al mundo de internet su trabajo diario, responde sin aspavientos y con la mirada serena:
—Tuve la fortuna de haber nacido en el seno de una familia llanera de pata al suelo; es decir, gente que nunca usó un par de zapatos en su vida. Llaneros que amansaban caballos con canciones, que les cantaban a las vacas para aumentar la producción de leche y que movían hatos de ganado susurrándoles historias a las bestias. Lastimosamente, ese saber ancestral se está perdiendo, y pienso que el error estuvo en que los viejos no supieron transmitir ese conocimiento a las nuevas generaciones. Lo que yo he hecho es llevar la belleza de los cantos de vaquería a un escenario inesperado: las redes sociales. Así busco despertar interés por mis tradiciones y evitar que los bellos cantos de sabana desaparezcan.
Los Cantos de Trabajo de Llano son ejemplo de cómo el hombre y la naturaleza pueden convivir dentro de un equilibrio armónico perfecto. A partir de las labores —casi siempre solitarias— de pastoreo de bovinos y los caballos, el campesino conjura, cantando a capela, cualquier vicisitud. Con la fuerza de cantos, silbos y japeos, el llanero domina a la bestia, pero no impartiendo órdenes, sino rezos que, con voz melosa, transmiten una profunda declaración de afecto, nostalgia y orgullo. El resultado es la docilidad de un ser superior en fuerza, pero sumiso ante un canto de domesticación, donde un lírico “Lero, lei, lero lei… Ponte, ponte Garzablanca” motiva al ganado para que se “ajile” (se ponga en fila) o lleva a las vacas a un estado de serenidad que facilita la producción de leche.
Los cantos ancestrales de vaquería tienen lugar exclusivamente en el territorio compartido por Colombia y Venezuela, conocido como los Llanos Orientales colombianos y Llanos venezolanos. En esta extensa franja binacional de la cuenca hidrográfica del río Orinoco, con un área aproximada de 991.600 km², brotaron estas prácticas inmemoriales de trabajo que, si bien están profundamente arraigadas en el territorio, han caído en desuso debido a los cambios sociales modernos y a la avanzada edad de sus portadores. Es así como la labor de un joven como Cristian, quien comparte con el mundo, a través de las redes sociales, los valores cotidianos de las faenas llaneras, se constituye en una acción prioritaria para la salvaguardia de esta tradición.
La abogada María Garcés Córdoba, quien ocupó el cargo de ministra de Cultura de Colombia durante los dos gobiernos del presidente Juan Manuel Santos (2010-2018), se disponía a revisar un caótico arrume de informes mientras seguía de cerca la sesión del Comité de la UNESCO reunido en Jeju, Corea del Sur, aquella noche del 5 de diciembre de 2017. Estaba pasmada ante las imágenes del noticiero, que le producían ansiedad y, en cierta medida, desesperación. De repente, el insistente repique de varios teléfonos rompió la pétrea tranquilidad del lugar, como si se tratase de la oficina de un call center de emergencias más que de un ministerio. La preocupación, que ya parecía una agonía, había terminado. Eran las once y treinta de la noche. La última emisión del telediario nacional interrumpió su emisión con un «¡Extra!» escrito en grandes letras rojas y acompañado por un golpe musical que anunciaba una noticia de última hora. Una ola de calor recorrió sus entrañas cuando escuchó la noticia: los «Cantos de Trabajo de Llano colombo-venezolanos» habían sido declarados Patrimonio Cultural Inmaterial de la Humanidad por la UNESCO. ¡Por fin!, suspiró.
Al día siguiente, los periódicos y demás medios no le perdieron la pista a la noticia. El Espectador mostraba a un llanero con una tropilla de caballos. El Colombiano retrataba a dos jóvenes a caballo cruzando una laguna y recomendaba fomentar encuentros entre llaneros y jóvenes. El diario colombo-venezolano El Correo del Orinoco recordó que estos cantos a capela se remontan al siglo XVI junto a una enorme fotografía del círculo solar emergiendo en el horizonte de un paisaje abierto de sabana y una bandada de garzas al vuelo. El Nacional de Venezuela alertó sobre la urgencia de cooperación y asistencia internacional para salvar los cantos llaneros que ingresaban a una lista en donde también estaban las fallas valencianas, el flamenco y la música de los mariachis. Mientras la emisora Caracol Radio abría su espacio matutino de noticias con la canción llanera Predestinación de Aries Vigoht.
Nueve años después de la declaratoria, la ex ministra Garcés me recibió en una confortable sala de su casa en Cali. Era febrero del 2026, y por aquellos días una ola inmisericorde de calor golpeó a la capital del Valle del Cauca, haciendo que los termómetros ascendieran hasta los 30 °C. La anfitriona, visiblemente apurada, no dio comienzo a nuestra reunión hasta que el diligente personal del servicio nos trajo una refrescante jarra de lulada y abundante agua con hielo.
—«¡Mira ve!, la situación sigue siendo muy preocupante, ¿oís?», dijo con un rostro congestionado por el bochorno.
Con cierto deje de desilusión en sus palabras, recordó que la inclusión de los cantos de trabajo de llano en la Lista de la Unesco del Patrimonio Cultural Inmaterial que requiere medidas urgentes de salvaguardia, fue un avance monumental porque puso a los cantares campesinos en la órbita mundial. Sin embargo, advirtió que «al son de hoy la vitalidad de esta práctica cultural de canto está muy disminuida. Principalmente porque no hay relevo generacional y cada vez son menos los portadores que los practican».
A finales del año 2012 Garcés fue testigo, en Bogotá, de un hecho que le hizo entender la gravedad de la situación. El 16 de noviembre, al complejo de oficinas del Ministerio de Cultura, irrumpieron cuatro hombres llaneros, que, en medio de una tonada sentida de cabrestero, se abrían paso entre la multitud hasta desembocar en la oficina de la ministra. Lo que más impresionó a Garcés en ese momento fue escuchar el trueno de sus voces en contraste con sus figuras desgarbadas.
Los cuatro baquianos, de pantalones blancos arremangados a media pierna y cotizas de suelas de llanta, dijeron provenir, cada uno, de los departamentos de Casanare, Arauca, Meta y Vichada. Su canto fue una profunda declaración de afecto y nostalgia hacia un conocimiento centenario que se extingue por una serie de cambios socioeconómicos y políticos. Cambiaron las faenas llaneras en trochas agrestes por el frío de la “nevera” (apodo que recibe Bogotá) y las calles asfaltadas de la ciudad para elevar un “SOS” al gobierno e impedir que se extingan sus tradiciones.
—En aquella época —dice la exministra, terminando su segundo vaso de lulada—, los colombianos desconocían el valor de esta práctica de comunicación vocal que nos hermana culturalmente con Venezuela. Fue así como surgió un interrogante: ¿debemos celebrarlos o salvarlos?
De modo que durante cinco años, Garcés elaboró un minucioso Plan Especial de Salvaguardia de Carácter Urgente, planteando acciones concretas para documentar, registrar, transmitir y revalorizar este saber ancestral. De ese riguroso trabajo nació un informe que reflejó las fortalezas y debilidades del saber ancestral, su ubicación geográfica y el planteamiento de talleres con la comunidad. Además, de un CD de audio con 53 cantos y testimonios recogidos durante el proceso.
Este trabajo puso en evidencia una visión de desarrollo que no está de acuerdo con el medio de la región llanera y que atenta contra las tradiciones, como los lucrativos proyectos de extracción de petróleo y gas, o los cultivos de palma africana destinados a la producción de biodiesel. Según el informe Transformaciones del paisaje en las sabanas del norte de Sudamérica: Cambios en el uso y la cobertura del suelo desde 1987 en los Llanos Orientales de Colombia, publicado en el año 2012 por la editorial científica Elsevier, mediante imágenes satelitales se demostró que las plantaciones de palma en una zona representativa de los Llanos colombo venezolanos crecieron de apenas 31 km² en 1987 a 162 km² en 2007, es decir, se multiplicaron más de cinco veces en apenas dos décadas. De igual manera, el descubrimiento del campo de Caño Limón (Arauca) en 1983 marcó el inicio del auge petrolero moderno en los Llanos. Posteriormente llegaron los hallazgos de Cusiana y Cupiagua en los años noventa, consolidando a la región como la principal productora de crudo del país.
El caluroso día avanzó raudo hasta que llegó el sopor del mediodía. Coincidimos con la exministra en que las costumbres son como seres vivientes que se van transformando poco a poco arrastradas por la vorágine de su tiempo. “Si no se logra una transferencia de los cantos de trabajo de los viejos sabios a las nuevas generaciones, en unos años solo tendremos registros de ellos en grabaciones y enciclopedias”, sentenció. De modo que le comenté el trabajo de un joven llanero que se niega a perder sus costumbres y que se ha abierto campo en el reñido terreno de las redes sociales mostrándole su cultura al mundo por internet.
—¡Pero qué maravilla! —comentó Garcés, abriendo sus enormes ojos y moviendo la cabeza de lado a lado, como si quisiera despertar de la modorra—. ¿Cómo se llama?
—Cristian Andrés Maldonado García—respondí—. Y sus seguidores le apodan El Poeta Llanero.
Mariana Garcés, visiblemente emocionada, se levantó del taburete en el que hacía unos minutos parecía sucumbir ante el adormecimiento y, tras aplaudir y dar un saltito corto de alegría, preguntó:
—¿Y dónde está esa belleza?
Y Cristian estaba sentado en el borde de una piedra bajo un frondoso árbol de moriche. La palma, con sus enormes hojas (de hasta tres metros de diámetro) forma un majestuoso paraguas natural que ofrece una refrescante sombra a los campesinos y animales. El joven aprovecha el receso para revisar el impacto de su transmisión de la mañana y mientras hace scroll entre la ingente cantidad de mensajes recibidos, se propone a responder un par. Pero su éxito es tal que, con asombro, se percata que la mayoría de sus seguidores son extranjeros, y ante el raudal de mensajes en inglés —que trata de desencriptar con el traductor de su teléfono porque desconoce la lengua de Shakespeare— agradece con un tímido «Gracias, compita» y el emoticono de las manos juntas.
Sus pies descalzos, acostumbrados a caminar desnudos por la hierba ardiente, le recuerdan que desde pequeño tiene una conexión especial con la naturaleza. Ocasionalmente usa zapatos o cotizas y, aunque prefiere no hacerlo, cuando usa un par no puede evitar recordar a su abuelo, quien murió sin jamás calzarse unos. El viejo, un llanero de racamandaca, caminó por ochenta y cinco años descalzo, no por carecer de recursos para comprarse zapatos, sino porque decía que si no sentía la tierra bajo sus encallecidos pies, no se sentía vivo.
Cristian fue parido en medio de las labores incesantes del llano. Su madre sintió las punzadas de los dolores de parto cuando estaba a punto de ordeñar la quinta vaca, y los vaqueros la auxiliaron llevándola al establo y llamando a una vieja partera con sangre indígena. Nacido y criado en el naufragio, pronto aprendió a ordeñar, enlazar, arrear y conducir el ganado en la inmensidad de la llanura. Un día, mientras pescaba junto a su abuelo en el río, recibió la lección más importante de su vida. El hombre, sigiloso, ante el asombro del muchacho, saltaba de piedra en piedra sin hacer ruido alguno, como un experto en artes marciales atravesando un campo minado. En su mano derecha sostenía con firmeza un arpón. Sólo se escuchaba el rumor del agua y el graznido de las garzas a lo lejos. El viejo dió un último brinco sobre una piedra blanca y pulida y quedó innmóvil, equilibrándose en un solo pie. Cristian lo seguía con la mirada, absorto, y no pudo evitar el sobresalto cuando el abuelo asestó un golpe seco en el agua y sonriente sacó un enorme pez ensartado en la punta de la flecha. Luego, mientras preparaban el almuerzo el hombre rompió el mutismo que lo caracterizaba para decirle:
—Hijo, dentro de unos años quien conserve nuestras tradiciones será una persona de gran valor, porque nuestra cultura es algo que tenemos que preservar.
La Niña Sabana relincha y lo devuelve a la realidad. El duro verano está a punto de terminar. Un ruido atronador seguido de torbellinos de aire caliente que levantan nubes de polvo, anuncian la proximidad de las lluvias. Por tanto, debe continuar con su trabajo y llevar el ganado a los potreros donde aún quedan buenos pastos. En un arranque de alegría vuelve a esparcir su voz chillona por la llanura cantando:
Uno de sus grandes sueños frustrados fue convertirse en cantante. Por un tiempo se sintió vacío al ver que no había ni siquiera un público pequeño para sus canciones, pero como era dócil, no se obcecaba. «Aunque Dios no me dio voz para el canto, me compensó con el repentismo para las coplas», dice entre risas.
Conocer en persona a Cristian no fue tarea fácil. La carencia de infraestructura en un país partido por tres cordilleras, hace que viajar de una región a otra sea sumamente complejo y costoso, más aún si no hay carreteras ni vuelos directos hacia la zona. Para llegar a La Primavera, Vichada, es necesario desplazarse por sinuosas vías, durante unas seis horas, desde Bogotá hasta Puerto Gaitán, Meta. Son algo más de trescientos kilómetros en el trayecto. Allí, se aborda una única lancha que parte religiosamente, cargada de maletas, cajas, animales y pasajeros, todos los días a las cinco de la mañana. La embarcación se desliza vertiginosamente aguas abajo —pasando por las poblaciones de Orocué y un sitio de desembarco pesquero llamado Puerto Borracho— hasta desembocar, casi a la puesta del sol, en el Muelle Yates La Primavera, un sencillo y funcional embarcadero de aguas oscuras que sirve de puerta de entrada al municipio. Al desembarcar, los estrujados viajeros reciben un golpe de calor de casi cuarenta grados, ¡el llano se hace sentir!
Cristian es un joven moreno de ojos hundidos, pero vivaces. Su contextura endeble no le hace justicia, ya que su personalidad es arrolladora. Aprieta la mano al saludar y desgrana una sonrisa contagiosa que rara vez desaparece de su rostro. Ese magnetismo que irradia y que lo ha consagrado como un fenómeno de las redes sociales —cuenta con más de un millón de seguidores en su fan page— hace que sea una figura pública en su municipio. Cuando sale de su finca y se adentra en la zona urbana de La Primavera, muchas veces a lomo de la Niña Sabana o en un vehículo todoterreno, la gente lo saluda con la emoción de ver a una estrella de rock y él se limita a extender el brazo pronunciando un efusivo: ¡Compita, qué hay pa´hacer! Sencillamente, sus paisanos lo adoran porque, antes y después de que los vientos le empezaran a ser favorables, ha sido el mismo. Muchos le piden tomarse una foto con él, mientras sonríe y saluda como una reina de belleza.
La rutina del llanero es solitaria y lastimera. Expuesto a temperaturas superiores a los cuarenta grados que le dan a su piel una tonalidad cobriza, al refrescante abrazo de las sombras de los escasos árboles de la sabana y teniendo como única compañía el triste mugido de una vaca o el graznido de un ave, ha hecho de los cantos de trabajo mucho más que una simple manifestación del folclor: forman parte de la vida misma del llanero desde que tiene memoria.
El respetado antropólogo Manuel Zapata Olivella, amigo y mentor de Gabriel García Márquez en el periodismo, en la publicación titulada Manuel Zapata Olivella, por los senderos de sus ancestros, recopilada por el Ministerio de Cultura en 1961, asegura que “las canciones de laboreo son muy propias de los pueblos africanos y que los esclavistas y dueños de plantaciones se valían en América de ellas para aumentar la productividad del trabajo de los esclavos”.
Zapata Olivella demuestra que los cantos de laboreo se acostumbran en todas las regiones del país, y que es típico que todos los pastores de rebaño utilicen el canto para apaciguar el ganado. Sin embargo, en los majestuosos llanos orientales de Colombia las tonadas tienen un carácter poético, porque “los vaqueros se ven sometidos a grandes jornadas a través de las llanuras bajo el sol inclemente. Las reses sedientas, al husmear apartados jagüeyes o la ribera del río, tienden a desbandarse, y la copla del vaquero amaina su ansiedad”.
De regreso al caserío, Cristian cabalga sobre la Niña Sabana con aires de libertad. El animal es de un carácter tan manso que no necesita ser ensillado, basta con una leve presión de las riendas para que comprenda el camino. Dichos caminos han cambiado drásticamente en los últimos treinta años. Lo que otrora se conocían como “rutas ganaderas”, al son de hoy son extensas cintas asfaltadas surcadas por camiones cisterna cargados de combustible.
—Compadriiito—protesta Cristian mientras hace una especie de chasquido para que la yegua aminore la marcha—. Los verdaderos llaneros nos sentimos desplazados. Por estas grandes autopistas ya no es posible arrear grandes hatos de ganado y las ganaderías tradicionales deben tomar caminos alternos que son más peligrosos y difíciles.
Las rutas ganaderas son como cicatrices abiertas sobre la inmensidad de la sabana. Por estos caminos tradicionales han pasado miles de rebaños durante extensas jornadas que podían durar varios días o semanas. Estos senderos abiertos se remontan a la época colonial, entre los siglos XVI y XVII, cuando los españoles introdujeron el ganado vacuno, serpenteando entre pastizales infinitos hasta llegar a los territorios que hoy corresponden a Colombia y Venezuela.
El doctor Victor Rago es un veterano intelectual venezolano que se desempeña hoy como rector de la Universidad Central de Venezuela (UCV). Desde un centro de acopio de alimentos que distribuye frazadas y medicamentos en las zonas de desastre en La Guaira, tras los terremotos que destruyeron gran parte de la ciudad el pasado mes de junio, Rago atendió amablemente mi llamado para hablar de uno de los temas que más le han interesado durante su carrera como antropólogo y lingüista: las rutas ganaderas.
—Vaya chico, disculpe usted, pero no le entiendo bien la pregunta. Tras los terremotos esto ha sido una locura y las comunicaciones fallan—. Me dijo con la paciencia de un santo.
Afortunadamente, tras un quinto intento la llamada fue efectiva y al otro lado tronó la voz fuerte y clara de Rago. Le indiqué mi interés por conocer la historia de las rutas ganaderas, por donde caminaron por siglos grandes rebaños, desde las fincas en que se criaban los animales hasta los centros de consumo. El rector me dispensó uno de sus silencios significativos y tras meditar su respuesta afirmó:
—Las rutas ganaderas servían para integrar a la región. El llano como una región unitaria estaba en medio de unas dinámicas de cooperación e intercambio que eran dinamizadas por las rutas ganaderas. No tengo la menor duda de que estas rutas, tan antiguas como el mismo llano, configuran un espacio geo-histórico y cultural común a los pobladores de Colombia y Venezuela.
—¿Qué importancia tienen las rutas ganaderas en los Cantos de trabajo del llano?
—¡Toda!—respondió el académico sin dejarme concluir la pregunta—. Un grupo de llaneros podían pasar semanas enteras recorriendo las rutas con cientos de cabezas de ganado. En estos “corrillos”, el canto era inseparable de esta actividad y gracias a él los rebaños consentían marchar durante largas jornadas a través de las rutas ganaderas.
Una de las rutas ganaderas más tradicionales en el departamento del Vichada es el corredor que conecta a La Primavera con el municipio de Cumaribo. Por estos caminos históricos los antepasados de Cristian Andrés pasaron con sus hatos de ganado —entre extensas sabanas y fincas— buscando los centros de comercialización o simplemente tierras menos inundables durante el invierno. Hoy, las rutas más importantes, que no eran más que caminos de herradura, se han convertido en carreteras asfaltadas o con superficie destapada pero ampliamente transitadas, lo que obliga a los vaqueros a buscar vías alternas. En la actualidad, por ejemplo, es común ver el traslado de ganado en grandes camiones por los polvorientos caminos, o los más arriesgados usan planchones acondicionados o ferrys para movilizar las reses por las turbulentas aguas del río Meta.
Es así, como el joven Cristian se mueve con naturalidad con la inseparable Niña Sabana, en medio de morichales, ríos caudalosos y trochas, buscando terrenos sólidos para trazar nuevas rutas ganaderas que sólo existen en su cabeza. Como las antiguas rutas han desaparecido por las secuelas que deja la modernidad, el vaquero invoca su espíritu colonizador para abrirse espacio por lugares imposibles.
La casa-finca de la familia Maldonado García es el vestigio de todas las generaciones de vaqueros que surcaron los llanos en busca de un lugar próspero para asentarse, hasta fijar la mirada en las sabanas abiertas de La Primavera, en el departamento de Vichada. El patio es inmenso y tiene limoneros, plátanos, marañón, mamoncillos y papayos. Bajo los árboles corren juguetones una camada de cerdos pequeños y multicolores. Hay un grupo de gallinas que atormentan el sueño de un perro perezoso. Unas estacas de madera clavadas en el suelo junto a un gran fuego de leña, izan como banderas sendos cortes de carne roja. La cocción es lenta para mantener los jugos de la pulpa. Un gato viejo muestra sus colmillos en actitud desafiante esperando su parte del asado, mientras la Niña Sabana relincha a la sombra, ocultándose del sol que reverbera en los tejados de zinc y hierve en el aire.
Amarrada de dos palos de tamarindo cuelga una hamaca rayada de color rojo. En su interior un animado Cristian se mece con fuerza, mientras es el centro de atención de vecinos, familiares y amigos que han venido de visita para participar en el parrando llanero.
—¡Familiones!—canta—. Cada cual paga lo que hace cuando le llega su turnooo, el que cree llegar a´lante siempre llega de segundo. Y el destino trata igual al Jablador y al mudo… y el que anda vendiendo velas siempre se muere en lo oscurooo.
Ante la repentina declamación, los presentes chiflan y estallan en risas y aplausos.
—¿Compa cómo hace usted para componer cosas tan bonitas?—. Pregunta alguien.
—Primo, eso se da de momento, es improvisado. Hay cantos de cantos y momentos de momentos. Es así como los llaneros cuando vamos de cabresteros cantamos para que los animales nos sigan, o en el corral cantamos para que se tranquilicen y sean dóciles.
Sin duda palabras cargadas de verdad. Los cantos de vaquería son de distintas tipologías y responden a una temporalidad específica. Por ejemplo, los rezos de cabrestero y de vela tienen lugar durante las épocas de trabajo de llano, que comprenden dos periodos al año; entre abril y mayo (entrada de aguas) y noviembre y diciembre (salida de aguas). Por otra parte, los cantos de ordeño y de domesticación están presentes en la cotidianidad de los trabajos de una finca, fundo o hato.
El asesor de patrimonio cultural Jhon Emerson Moreno Riaño de la Universidad de Los Andes, se ha dedicado a la investigación en Cantos de trabajo de llano durante gran parte de su vida y ha identificado hasta nueve tipologías. “Hay tantos cantos y rezos como vicisitudes de los campesinos en los extensos llanos”, asegura. Moreno es autor de la investigación De cacho, canto, corrales, leco, sueltas, apero y garabato soguero. Patrimonio material e inmaterial: el mundo fragmentado de los cantos de trabajo de llano (2020), en donde describe la evolución de esta práctica cultural desde la ocupación de los territorios para la ganadería en el siglo XVI hasta la actualidad. “La carne bovina fue la principal dieta de los conquistadores que se aventuraron en la búsqueda de El Dorado” y los territorios de la cuenca del río Orinoco (con un área aproximada de 991.600 km2.), extendiéndose hasta Venezuela, garantizaban una ganadería sostenible. Así, la ganadería no sólo se usó para la ocupación de territorios sino que “determinó y dio origen de manera predominante a las manifestaciones culturales de los llanos”. En esta singular relación hombre - animal, los silbos, gritos, llamados y japeos dieron nacimiento a las cuatro variantes más conocidas de los cantos de vaquería: los cantos de ordeño, los cantos de cabrestero, los cantos de vela y los cantos de domesticación.
Y los cantos de domesticación fueron el don que heredó Cristian. La carne está en su punto asándose en la lentitud crepitante del fuego, mientras varios invitados bailan joropos. Otros, al calor del parrandón, le preguntan cómo domaba a Niña Sabana, la yegua más salvaje de los llanos. El joven sonríe diciendo que él no eligió a la yegua sino que ella lo escogió a él. Admite que a ratos se desespera porque las reses jóvenes son rebeldes, sin embargo el leve roce de las manos y el susurro previo al canto es vital para forjar una conexión que dura toda la vida del animal.
Al rato se queda en silencio. Sigue meciéndose en su hamaca, inmutable, durante varios minutos. Está revisando su teléfono móvil. Es un momento de calma en medio del jolgorio que se vive en su casa. Pero entonces, de manera inesperada, suelta unas de sus características reflexiones: “La vida tiene sus ironías. Siempre he creído que los antiguos no han encontrado la manera idónea de transmitir las tradiciones llaneras a las nuevas generaciones. Los jóvenes inmersos en las nuevas tecnologías sueñan con mundos imposibles, olvidando las tradiciones propias. Sin embargo, las redes sociales también me han brindado un medio poderoso para llegar a miles de personas y no dejar morir mi cultura”. En respuesta una pareja que daba los típicos brincos del joropo, alternando los pies hacia adelante y hacia atrás, le gritaron: ¡láncese como alcalde!
Risas.
Y Luis Eduardo Rojas, actual alcalde de La Primavera, estaba en su despacho municipal, atendiendo emergencias por la fuerte temporada de lluvias. Durante el pasado febrero de 2026, se inauguró el primer Encuentro de Portadores de la Manifestación Cantos de Trabajo de Llano en Vichada. Aunque tuvo baja participación, el mandatario resalta el evento como una forma de cuidar y promover la transmisión de saberes ancestrales. Participaron personas de La Primavera, Puerto Carreño y Santa Rosalía; “aunque todos fueron personas mayores esperamos que en los próximos encuentros participen jóvenes”, dice el mandatario.
El alcalde es un convencido de la relación entre los cantos de vaquería y el equilibrio de los ecosistemas. La propia UNESCO destaca que esta práctica "se armoniza con la dinámica de la naturaleza y el medio ambiente" de los Llanos. Además, asegura el mandatario, el buen cantor de vaquería conoce el comportamiento de los ríos, las zonas inundables y las épocas de calor. “Es más, se dice que la ganadería extensiva puede impactar al ecosistema en donde se desarrolla, sin embargo en los llanos ocurre una sincronicidad entre el llanero y su medio que mitiga el impacto”. Un claro ejemplo está en la disminución en el deterioro de los suelos, “porque el llanero con sus cantos mueve el ganado sabiamente para no dañarlo y así obtener los mejores pastos a lo largo del año”. Tras su emotiva exposición, el mandatario espera que Cristian Andrés Maldonado García participe en uno de los próximos encuentros de Cantos de vaquería y con la fama que posee en las redes sociales ayude a impulsar internacionalmente el evento.
El parrandon es un reflejo del espíritu de camaradería de los llaneros, donde las voces de los copleros se entrelazan mientras se retan entre sí con versos improvisados, arrancando risas, aplausos y algarabía. Se inicia de madrugada con el sacrificio del animal y puede terminar hasta dos días después. El patio está lleno de sillas plásticas o troncos de madera que los invitados acomodan para sentarse. En un rincón, los músicos hacen sonar el arpa, el cuatro y las maracas, mientras alguno lanza un grito en un arreón entusiasta versando coplas nacidas del corazón, porque las coplas surgen del repentismo y la improvisación. Por un instante, Cristian deja de ser el corazón de la francachela —así lo bautizó la familia—, y toda la atención la acapara un viejo llanero que canta con soltura y elegancia.
¡Es el padre de Cristian!
Es un instante en el que el tiempo parece detenerse y ese pedazo de sabana se transforma en música. La gente va y viene con platos de caldo de aguja (también conocida como espaldilla), yuca y topochos, mientras los cerdos multicolores corretean entre sus piernas, haciendo trastabillar a más de uno.
La música sigue y los viejos vaqueros refrescan sus gargantas con un licor que beben directamente del pico de la botella, la cual pasa de mano en mano. Al preguntar qué tipo de bebida es, los campesinos responden elevando el tono de la voz: “Es el elixir de los dioses. ¡Aguardiente Llanero!”. Curiosamente, gracias a la apertura que Cristian le ha dado a la cultura llanera en el espacio digital, muchos de sus seguidores internacionales escriben en sus publicaciones haciendo bromas sobre el aguardiente. “Es que tiene fama de ser muy fiero”, dice uno mientras bebe un buen trago.
Cuando cae la noche, el barullo de la parranda es tremendo. Unas luces estratégicamente ubicadas se encienden y alumbran todos los rincones del patio. Igualmente, a lo lejos se ven brotar, como luciérnagas, pequeñas luces que anuncian vida en otras partes del inmenso llano. Cristian, con un gesto histriónico, alarga su dedo índice de la mano derecha y señala a un punto remoto. “Hacía allá quedan los potreros en donde me formé como llanero”—explica el joven—. “Siendo muy pequeño gastábamos varias jornadas para lograr encontrar al ganado en la sabana abierta”. Recuerda que antiguamente los llaneros seguían el rastro de las bestias, analizando los rastrojos, marcas y hasta el estado de sus heces, para determinar si el hato de ganado estaba cerca, o por el contrario ya había pasado por el lugar desde hace varios días.
—Ahora, en las grandes haciendas utilizan drones para ubicar el ganado sin necesidad de hacer grandes desplazamientos—añade—. También, me han dicho que la tecnología ha avanzado tanto que los drones arrean el ganado.
Este singular uso de la tecnología en tiempos de una sociedad cambiante o modernidad líquida —concepto popularizado por el sociólogo y filósofo polaco Zygmunt Bauman— ha relegado a muchos antiguos llaneros que contaban únicamente con los cantos de vaquería para encontrar, agrupar y trasladar a miles de animales.
Hoy, aunque Cristian es tecnólogo en Mecanización Agrícola y conoce varias de las técnicas modernas para trabajar en el campo, se resiste a ellas y prefiere ordeñar, enlazar o arrear el ganado como le enseñaron sus abuelos. La vida del llanero es exigente, pero también cordial y alegre. Fue durante esas largas jornadas de trabajo cuando Cristian conoció los cuentos y la música llanera.
“La música llanera nació de los cantos de trabajo del llano”, dijo un invitado. A lo que Cristian, asintiendo con la cabeza, agregó: “es que la música llanera relata la cotidianidad de los llaneros”. Y otra voz brotó potente de algún lado diciendo: “por eso desde chiquito quiso ser como Rafael Martínez, Juan Harvey Caicedo y el Cholo Valderrama…pero la voz no le dió”. Al unísono una risa multitudinaria espantó a los perros y al gato, e hizo volar a un aturdido alcaraván que dormitaba en un pastizal.
Fue a través de la gran productora ejecutiva y musical, Bettsimar Diaz, que logré comunicarme con Orlando “El Cholo” Valderrama, el cantautor más emblemático de la música llanera en Colombia. Bettsy como le dicen cariñosamente, desciende de un linaje tradicional de la cultura llanera: su padre fue Simón Díaz, legendario poeta y músico venezolano. Autor de Caballo Viejo, una de las canciones más famosas del folklore venezolano y que parte de la canción fue adaptada por los Gipsy Kings en su famoso Bamboleo.
Bettsimar vive en Nueva York y desde allí triangulamos una comunicación con El Cholo Valderrama. Ese día, el artista preparaba su participación en el concierto Voces del Joropo, en el Movistar Arena de Bogotá.
—¿Qué papel juegan los Cantos de Trabajo en la música llanera?—pregunté.
El Cholo tomó la palabra:
—Los cantos de vaquería o de trabajo del llano, los conozco desde que estaba en el vientre de mi señora madre, doña Sara, ya que ella era una excelente ordeñadora y siempre estaba cantándole a las vacas en el trabajo de ordeño. Luego cuando fui peón de sabana me crié con el canto del cabrestero que es un poco recio, y con el canto de vela que es tristeza, que le ofrece el llanero al ganado que ya se va en venta en las largas trashumancias. Eso es lo que yo viví y lo que creo es la base real de la música llanera.
—Bettsimar: Yo fui testigo de innumerables faenas musicales en el llano, donde mi papá explicaba que los versos de la tonada de ordeño y arreo de ganado no son casuales . Él decía que la tonada del llano es de ambos países (Colombia y Venezuela), porque la tonada tiene un solo país que es la música. La tonada llanera es de notas largas, porque en el llano hay extensas sabanas y no existen montañas que devuelvan los sonidos. A diferencia de los cantos de trabajo de los Alpes Suizos, en donde aquel muchacho que arrea un rebaño de cabras, se encuentra con los ecos de la montaña, entonces; el canto es “aleroleí, olei, olei…” Es así, como el canto del llano tiene una legitimación total con su geografía, su paisaje. Por eso, el hombre del llano canta las notas largas, porque no hay montaña que lo detenga.
El Cholo, interrumpió:
—Una de las cosas que no conocemos los llaneros, es el eco. Nuestros cantos son secos y largos. La música va con la topografía. El canto de arriero, en el llano y en el Casanare en donde estoy, decimos que nuestros cantos son de trocha larga.
—Sin embargo—me interesé—Los cantos de vaquería son solitarios y melancólicos…
—Bettsimar: ¡Y es que la soledad se hace enorme!, porque el llanero, hombre o mujer, trabaja con el animal y siente la necesidad de acompañarse en esas horas de trabajo, y murmura y aprovecha para confesar cosas que nadie las va a escuchar. En medio de tanta soledad, en ese espacio tan inmenso, le da chance para él hacer oraciones a la naturaleza, para expresar sus cosas, con los nombres de las vacas, con las metáforas del camino. Puede decir (carraspea): río crecido, río crecido, rebajate tempestad, que los chinchorros de noche se mueren de soledad. Él puede expresar esas cosas de sus propias vivencias.
—Cholo: Indudablemente. Los llaneros somos música, llanero que no canta silva. Cuando se va solo por la sabana el llanero suelta un canto que no es necesariamente para que alguien lo escuche, es simplemente un canto a uno mismo.
—Maestro “Cholo”, ¿Cómo sería un canto de un llanero solitario en la inmensidad de la llanura?
Silencio.
—Cholo: Supongamos que la vaca se llama Mañanita y va a ser ordeñada. Ehhh. Mañanita, mañanita, mañanita ponte vaca vieja. Que vienes junto a la aurora…Que vienes junto a la aurora, con tu brisa pura y fresca meciendo a palma y mapora, haciendo así a mi llanura, más linda y encantadora, haciendo así a mi llanura, más linda y encantadora… (Risas). Decía mi mamá que cuando una mujer ordeña una vaca, el animal produce más leche, por la suavidad y la melodía de su canto. ¿No es así Bettsy?
—Bettsimar: De hecho en las grandes lecherías del mundo, en donde todo el proceso es tan industrial, utilizan música para relajar a las vacas (más risas). Pero yo digo algo, en las fábricas las vacas producen menos leche porque hay menos amor. En Venezuela decimos el Apoyo al momento cuando la vaca se relaja y sale leche como cuando abres una llave, pero eso solo se logra entre el ser humano y la bestia.
—¿Qué amenazaría todo este saber ancestral?
—Cholo: El progreso. La penetración cultural y la industrialización del campo. Aquí en Casanare tenemos un proyecto que se llama Sembrando Joropo que busca llevar el folklore llanero a las escuelas para que estos cantos se arraiguen en el pecho de los niños y ojalá… jamás se pierda.
—Bettsimar: Bueno, si uno no sabe de dónde viene, tampoco sabe para dónde va. Y las tradiciones van ligadas con la identidad. Uno es todo el caudal de tradiciones que lleva dentro. Depende de todos nosotros para salvar los cantos de vaquería del llano y que se conviertan en un tesoro para el mundo.
Las investigaciones de salvaguardia han identificado a numerosos portadores de los cantos de vaquería, pero la tradición se mantiene principalmente entre trabajadores de fincas y hatos de la región, principalmente en viejos llaneros. El trabajo que realiza Cristian en las redes sociales es de gran valor para no dejar morir estos cantos, que nacieron para atravesar la inmensidad del llano y que ahora necesitan atravesar la modernidad para sobrevivir.
La Sexta Sinfonía de Beethoven, conocida como «Sinfonía Pastoral», es una de las obras más famosas de Ludwig van Beethoven. El genio alemán se inspiró en la experiencia de la naturaleza y sus escenas campestres, y los sentimientos de alegría que emergen después de las tormentas y las vicisitudes en las montañas. ¿Pueden los cantos de vaquería del llano colombo - venezolano ser inmortalizados como una sinfonía para la eternidad?
Para Cristian Andrés Maldonado García, la respuesta ya está sonando.
Y allí estaba Cristian, pavoneándose como la figura central de la velada. Los invitados lo atraparon dentro de un círculo humano y él como un torero en el ruedo, no se dejó amilanar. El público lo aclamaba.
Un aturdido Cristian activó su teléfono móvil para grabarse. Antes de cantar, pensó en Niña Sabana. Su compañera de vida. Entonces, dejó oír su vozarrón de trueno en la inmensidad del llano. Nadie respondió. No porque nadie escuchara, sino porque en aquella inmensidad no había montañas que devolvieran el sonido. Por eso los cantos son largos. Entonces comprendí que aquella noche no estábamos escuchando simplemente una canción. Era algo mucho más antiguo. Era la voz de un territorio intentando no quedarse en silencio.
La última vez que me comuniqué con Cristian estaba alimentando a Niña Sabana. Al fondo, mientras el joven llanero me hablaba podía escuchar sus relinchos. El vaquero la calmaba con su voz aterciopelada y con un escueto: “Quieeeta mi niñaaa, sabanaaa, sabanaaa…”. Me contó que sus publicaciones seguían siendo un éxito, pero algo le inquietaba: “Mi amigo casi el ochenta por ciento de las personas que me siguen son del extranjero, me duele que no sean colombianos”. Pero me aseguró que no desistiría en mostrar su cultura, y ojalá “algún día los colombianos entendamos que si perdemos nuestras tradiciones también muere algo de nosotros”.
Cada día Cristian galopa sobre el lomo de Niña Sabana. Millones lo siguen, pero él se siente solo, “paradojas de la modernidad”, dice. Y recuerda que, cuando los viejos ya no estén y las rutas ganaderas hayan desaparecido, espera que todavía exista alguien dispuesto a montar una yegua, mirar la sabana y cantar.
Aunque no haya nadie que le responda.
Aunque no haya montañas.
Aunque no haya eco. ¡Jéeeee-pa! mi Niña Sabana.