[Opinión] ¿La conexión nos conecta o nos coloniza? Riesgos ocultos de las redes en Guainía y Vichada

Por César Mora*
Imagen de portada: sumistrada por el autor.

Espero, querido lector, que haya pasado una Semana Santa en verdadera paz, con la reflexión que ameritan estos días y, sobre todo, en compañía de los suyos. Permítame compartirle una alegría personal: después de muchos años, volví a vivir una Semana Santa “con todas las de la ley”. En una finca, rodeado de los míos, compartiendo la mesa, el pescado fresco y los paisajes que solo esta tierra bendita puede regalar. Disfrutamos jugando trompo hasta que el brazo pidió tregua, rompiendo zarandas con esa risa que solo se provoca en familia y, lo más significativo para lo que hoy quiero contarles, con señal de internet disponible pero con la mayoría —incluido quien escribe— voluntariamente alejados del teléfono. Ese detalle, al principio casi anecdótico, me dejó pensando durante varios días. Porque al verme lejos de la pantalla, presente en cada conversación, atento al chiste del cuñado y al consejo del abuelo, caí en cuenta de algo que la urgencia cotidiana nos ha robado la capacidad de notar: la irrupción del internet, esa promesa de conexión global, nos ha ido desconectando silenciosamente de lo que realmente importa. De los nuestros. De la mesa compartida. De la mirada que no necesita filtro. De la palabra dicha frente a frente. Y si eso ocurre en una finca donde la tecnología aún puede ser opcional, ¿qué no estará pasando en los hogares de Guainía y Vichada, donde el teléfono inteligente llegó antes que la pedagogía para usarlo? Esa pregunta, nacida al calor de la zaranda rota y el trompo que la rompió, es la que me propongo explorar en las líneas que siguen.

Ahora sí, entrando en materia, en los últimos años, el gobierno nacional ha desplegado una ambiciosa estrategia de conectividad digital para llevar internet a los territorios más apartados del país. Guainía y Vichada, dos departamentos históricamente abandonados por el Estado en materia de infraestructura, han comenzado a recibir antenas, tablets y promesas de “cierre de la brecha digital”. La noticia, en apariencia, es motivo de celebración. Pero como investigador social que ha caminado estas tierras y ha visto de cerca cómo operan las transformaciones tecnológicas en comunidades indígenas y rurales, me permito lanzar una pregunta incómoda: ¿la conexión nos conecta realmente o, en su versión más cruda, nos coloniza?

Para responder, abordaré el fenómeno desde la sociología de la tecnología y la teoría del riesgo. Y la respuesta, como anticipo, no es sencilla: la conectividad sin mediación cultural, sin protocolos comunitarios y sin alfabetización digital contextualizada, puede convertirse en un caballo de Troya que introduce riesgos profundos para los niños, niñas y adolescentes, para los pueblos indígenas y para la población en general de estos territorios.

La primera advertencia nos llega desde los estudios críticos de la tecnología. La investigadora Anita Gurumurthy ha acuñado el concepto de colonialismo digital para advertir que la mera conectividad, sin procesos de apropiación comunitaria, no reduce desigualdades: las reproduce o incluso las profundiza. En Guainía y Vichada, pueblos como el curripaco, puinave, sikuani o piapoco enfrentan un salto tecnológico abrupto. Pasan de la oralidad como eje de transmisión cultural a la inmediatez de TikTok o Instagram sin ningún puente pedagógico que medie ese tránsito. El resultado no es integración: es desorientación.

A esta desorientación se suma un fenómeno que los clásicos de la sociología nos ayudan a comprender. Émile Durkheim habló de anomia para referirse a la ausencia de normas claras en momentos de cambio social acelerado. Si adaptamos el concepto a la era digital, encontramos lo que podríamos llamar anomia digital: un vacío normativo en el que no hay reglas comunitarias sobre qué se puede publicar, qué no, cuándo, cómo y ante quién. Ese vacío es el caldo de cultivo perfecto para comportamientos desviados: estafas, suplantación de identidad, exposición de menores y normalización de violencias. Y en territorios donde la institucionalidad es frágil, los daños se multiplican.

Para los pueblos indígenas de Guainía y Vichada, el riesgo no es solo individual: es civilizatorio. La pérdida de la autoridad tradicional es quizás la herida más silenciosa y profunda. Los ancianos, aquellos que durante siglos han sido los depositarios del conocimiento, la memoria y la leyenda, ven cómo su rol se desdibuja frente a la avalancha de influenciadores externos que hablan desde ciudades lejanas con un lenguaje que seduce a los jóvenes. El abuelo que narra el origen del mundo en lengua puinave compite en atención con un youtuber que muestra cómo hacerse rico en tres pasos. Y en esa competencia, la balanza no está equilibrada.

A esto se suma un riesgo aún más perverso: la explotación territorial mediada por tecnología. Grupos ilegales, que han encontrado en las redes sociales una herramienta de inteligencia de bajo costo, utilizan la geolocalización de fotografías y videos para identificar zonas estratégicas, rutas de acceso y momentos de vulnerabilidad comunitaria. Lo que para un joven es una publicación ingenua —una foto del río, un video del camino a la chagra— se convierte, en manos equivocadas, en insumo para el acoso, la extracción ilegal de recursos o el reclutamiento forzado.

Hay también una forma más sutil de violencia: la mercantilización de la identidad. En el afán de obtener vistas y reacciones, algunos jóvenes han comenzado a escenificar rituales sagrados para consumo externo. Lo que era ceremonia se convierte en contenido. Lo que era respeto se transforma en espectáculo. La cultura, entonces, ya no se vive: se representa. Y al representarse para la cámara, se vacía de su esencia.

No puedo dejar de mencionar, además, la violencia de género digital, un fenómeno ya documentado en casos cercanos del Vaupés y que comienza a replicarse en Guainía. La extorsión con fotografías íntimas, el acoso sexual a través de mensajes privados y la difusión no consentida de imágenes son realidades que golpean con especial crudeza a las mujeres indígenas, cuyo acceso a la justicia es, en el mejor de los casos, precario.

Si los adultos ya la pasan mal con tanta red social, ¿qué les queda entonces a los niños, las niñas y los jóvenes? La verdad es que la cosa está muy dura para ellos. Primero, hay adultos malos que se hacen pasar por jóvenes en redes para engañar a los niños y hacerles daño. Eso se llama grooming, pero en muchos pueblos ni siquiera saben que eso existe, entonces no pueden cuidarse. Segundo, los niños ven mucho video lleno de violencia y cosas de sexo, y sin darse cuenta empiezan a creer que eso es normal. Y eso los va marcando desde muy pequeños. Tercero, se la pasan viendo cómo otros en internet parecen más felices, más ricos y más exitosos. Comparan su vida con esa mentira y se sienten mal con ellos mismos. Se les baja la autoestima. Y eso es muy triste, sobre todo para niños que viven en medio de la pobreza, pero que tienen una riqueza enorme en su cultura, en su familia, en su territorio.

Y cuarto, y esto es quizás lo más grave para el futuro de nuestros pueblos indígenas: los niños están dejando de hablar su propia lengua. Prefieren el español porque todo lo que ven en el teléfono viene en español. Los abuelos ya no tienen con quién hablar en puinave, en curripaco o en sikuani. Y cuando una lengua se pierde, se pierde también una forma de ver el mundo. Ese daño, el de perder las raíces, es muy difícil de reparar.

Los adultos, por su parte, no están exentos. Las estafas financieras disfrazadas de falsas ayudas gubernamentales han encontrado en la credulidad de personas con baja alfabetización digital un nicho perfecto. La desinformación sanitaria —rechazo a vacunas, promoción de remedios sin respaldo científico, negación de enfermedades— circula con la misma velocidad que un meme. Y hay una adicción conductual silenciosa que preocupa a quienes conocen el valor del trabajo en el territorio: jóvenes y adultos que descuidan la escuela, las chagras, la pesca y la caza por permanecer horas frente a una pantalla, hipnotizados por un algoritmo diseñado para no soltarlos.

No todo está perdido. Colombia no es ingenua, y menos sus comunidades. La misma tecnología que puede colonizar, puede liberar. El buen uso de las redes sociales, cuando va acompañado de apropiación cultural y alfabetización digital contextualizada, abre ventanas de oportunidad que no podemos ignorar.

En Guainía, ya existen experiencias de revitalización lingüística a través de grupos de WhatsApp en lengua puinave, donde los mayores comparten narrativas orales, relatos de animales y enseñanzas sobre el monte. Es la tradición adaptada al código, no sometida a él.

La autogestión territorial ha encontrado en las redes una herramienta poderosa. La guardia indígena utiliza plataformas digitales para denunciar en tiempo real la deforestación, la contaminación ambiental y la presencia de actores armados. Una fotografía satelital, un video georreferenciado, una alerta que cruza el país en minutos: eso es soberanía en acción.

El comercio justo también se beneficia. Artesanas del cumare, del ají, del chiquichiqui y de la cestería tradicional han comenzado a vender sus productos sin intermediarios a través de redes sociales, obteniendo precios justos y reconociendo el valor de su trabajo.

Y la teleeducación, cuando es bien diseñada, puede ser culturalmente pertinente. Clases bilingües sobre plantas medicinales, astronomía indígena o técnicas de pesca sostenible son posibles si hay voluntad política y acompañamiento técnico respetuoso con las cosmovisiones locales.

La conclusión que incomoda. La conectividad no es el problema. El problema es la ausencia de soberanía tecnológica y de alfabetización digital contextualizada, impartida en lengua propia y anclada en la cosmovisión de cada pueblo. Las redes sociales no pueden seguir llegando a Guainía y Vichada como una colonización simbólica más, disfrazada de progreso. Deben llegar acompañadas de protocolos comunitarios, construidos desde adentro, que definan límites, horarios, contenidos apropiados y mecanismos de protección para los más vulnerables.

El Estado tiene la obligación de cerrar la brecha digital, sí. Pero tiene una obligación anterior: hacerlo bien. Con pedagogía, con respeto, con participación indígena real y no decorativa. Porque una tableta en manos de un niño sin acompañamiento no es una herramienta educativa: es una puerta abierta a un mundo que no entiende, y que no lo entenderá a él.

En mi condición de investigador social y de hombre de territorio, he visto el brillo en los ojos de un joven curripaco al ver su reflejo en una pantalla. También he visto la sombra en el rostro de su abuelo, intuyendo lo que se pierde. Este puente que tendemos entre la tradición y la tecnología debe ser firme, y debe tener barandales protectores. Si no, la conexión no nos conecta: nos condena.

*Cesar Mora es Sociólogo, Especialista en Gerencia de Proyectos y candidato a Magíster en Métodos y Técnicas de Investigación Social Aplicada. Con pertenencia al pueblo indígena, su trayectoria profesional se orienta hacia la investigación social aplicada, la formulación de políticas públicas con enfoque diferencial y el trabajo de campo con comunidades indígenas amazónicas. Ha sido coordinador de la Secretaría de Asuntos Indígenas en Guainía, líder de profesionales sociales del IGAC, y referente regional del Sistema Nacional de Bienestar Familiar.

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