[Opinión] Goebbels en el trópico: cómo la propaganda vende candidatos en Guainía y Vichada

Por: Cesar Mora*

Ha empezado la temporada más peligrosa que tenemos los colombianos: la de las elecciones. No me refiero al acto de votar, que es sagrado. Me refiero a lo que viene antes: la campaña. Ese ruido ensordecedor de promesas, ataques, memes, videos virales, cadenas de WhatsApp y frases bonitas que buscan una sola cosa: meterse en su cabeza para decidir por usted lo que usted va a pensar. La propaganda electoral hoy no distingue entre el mundo físico y el digital. Llega por la televisión, sí, pero también por el teléfono que vibra en la madrugada con un mensaje de texto, por el video que un familiar le reenvía sin verificar, por el anuncio patrocinado que aparece entre las historias de Instagram o Facebook. Está en todas partes, todo el tiempo, y precisamente por eso se ha vuelto invisible: la tapia que la gente ya no ve porque la ha normalizado.

Conociendo las formas como las noticias llegan a Guainía y Vichada, sé algo que muchos analistas de ciudad ignoran: aquí la propaganda no llega con la misma fuerza por todos los canales. La televisión sigue siendo el medio rey, la caja que encienden las familias mientras comen, esa voz que habla desde Bogotá y se cuela en las casas sin pedir permiso. Pero el mensaje de texto y el video de WhatsApp han ganado terreno, sobre todo entre los jóvenes y en las comunidades donde el internet, aunque lento y caro, ha empezado a llegar. Y eso, que parece un detalle técnico, es la clave de todo. Porque cuando la gente no tiene acceso a fuentes diversas de información, cuando la educación formal fue un lujo que muchos no pudieron pagar, cuando leer un periódico no es parte de la rutina diaria, entonces cualquier cosa que llegue por la pantalla —sea la del televisor o la del celular— se vuelve verdad. No una verdad entre muchas. La verdad. Y ahí, querido lector, es donde empieza el peligro.

Para entender lo que está pasando hoy en las campañas políticas colombianas, tenemos que viajar casi cien años atrás y cruzar el océano. En la Alemania de los años treinta, un hombre llamado Joseph Goebbels se convirtió en el ministro de propaganda del régimen nazi. No era un improvisado. Era un doctor en filosofía que entendió algo fundamental: no hace falta que la gente crea en usted. Basta con que repita su mensaje tantas veces que la gente termine aceptándolo como natural. Goebbels no inventó la propaganda, pero la perfeccionó con una frialdad que todavía hoy nos hiela la sangre.

Los principios que usó son simples, y por eso mismo son tan peligrosos. Primero: una mentira repetida mil veces se convierte en verdad. Segundo: cuanto más monstruosa es la mentira, más gente la cree, porque piensan que nadie se atrevería a inventar algo tan descabellado. Tercero: simplifique hasta la ridiculez. El pueblo no entiende lo complejo, así que reduzca cualquier debate a una frase corta, a un enemigo claro, a una solución mágica. Cuarto: ataque, ataque, ataque. Señale a un culpable de todos los males. El inmigrante, el comunista, el rico, el pobre, el de la otra región. Da igual quién sea, siempre que haya un «ellos» para enfrentar al «nosotros». Quinto: use todos los medios. No importa si es la radio, el periódico, el cine, el cartel en la calle o el teléfono. La propaganda debe estar en todas partes, todo el tiempo, hasta que la gente no pueda escapar de ella.

Estos principios, que llevaron al mundo a la catástrofe más grande del siglo XX, no desaparecieron con la caída del muro de Berlín ni con el fin de la Segunda Guerra Mundial. Simplemente cambiaron de ropa. Hoy se visten de eslogan de campaña, de comercial de treinta segundos, de video viral, de cadena de WhatsApp. Y aquí, en los departamentos olvidados de la Orinoquia y la Amazonia, operan con una eficacia que da miedo.

Pongamos un ejemplo concreto, de esos que vemos y recibimos cada día en Guainía y Vichada. Imagine una familia Curripaco en una comunidad a orillas del río Guainía. Tienen una televisión que funciona con una antena parabólica y un panel solar que les da dos o tres horas de energía en la noche. Encienden el televisor para ver las noticias o la novela. Y de repente, aparece un comercial de campaña. Un candidato mira a la cámara con cara seria y dice: “Se le debe un montón de dinero al sistema, porque este gobierno lo que ha hecho es pagar facturas a medias, por eso los hospitales ya no tienen con que pagar los médicos, ni las enfermeras, ni con que comprar los insumos. Vamos a pagar esa deuda”. Punto. No hay explicación de cómo lo hará, no hay datos, no hay fuentes. Solo la frase, repetida cada media hora, día tras día, semana tras semana.

Pero la propaganda no se detiene ahí. Al día siguiente, el teléfono del padre de familia vibra. Es un mensaje de texto, de esos que llegan sin que uno los haya pedido: “¡No dejes que te roben el futuro! Vota por el cambio, info en nuestro canal de WhatsApp”. Y luego, otro mensaje, esta vez un video de treinta segundos donde el mismo candidato, ahora con música emotiva de fondo, promete “acabar con la corrupción en los primeros cien días de gobierno”. El video viene con logos, banderas y esa estética pulcra que imita a las grandes producciones de televisión. Parece creíble. Parece profesional. Parece verdad.

Esa familia no tiene acceso a internet de alta velocidad para buscar si lo que dice el candidato es verdad. No tiene un periódico para contrastar la información. No tiene tiempo para sentarse a analizar si la afirmación tiene sentido. Lo único que tiene es esa caja que habla y ese teléfono que vibra. Y ambos le dicen lo mismo: hay un enemigo que tiene el país muy mal, y hay un salvador que viene a defenderlos. ¿Qué cree usted que va a pasar el día de las elecciones?

Este no es un ejemplo inventado. Es una adaptación directa de lo que Goebbels llamaba la “gran mentira”: simplifique el mensaje hasta que sea una orden, no un argumento. Cree un enemigo común. Repita, repita, repita. Y hoy, además, aproveche la intimidad del teléfono. Porque un mensaje de texto o un video de WhatsApp no se siente como propaganda. Se siente como un favor que alguien le hace, como una información que alguien decidió compartir con usted. Y eso es aún más peligroso: la propaganda que no parece propaganda es la más efectiva de todas.

En Guainía, donde la pobreza es del 60% y las necesidades básicas insatisfechas superan cualquier promedio nacional, el miedo a perder lo poco que se tiene es una herida abierta. Las campañas lo saben. Y usan todos los medios a su alcance —televisión, mensajes de texto, videos, cadenas de WhatsApp— para sangrar esa herida a su favor.

Otro principio que vemos a diario en la televisión y en los teléfonos colombianos es el del chivo expiatorio. Goebbels enseñó que la propaganda más efectiva es la que identifica a un culpable de todos los males. No importa si ese culpable tiene algo que ver o no con los problemas reales. Lo importante es que la gente tenga a quién odiar, a quién señalar, a quién temer.

Hoy, en las campañas presidenciales, los candidatos han perfeccionado este arte. Unos señalan al “Petrocepedismo” como el origen de todos los males del país. Otros señalan a los “entramados de corrupción” o a las “las familias que han gobernado por varias generaciones”. Y cada uno, desde su trinchera, construye un relato donde el enemigo es claro y la solución es simple: votar por él.

Pero la diferencia con la época de Goebbels es que hoy el mensaje se replica sin control. Un video de treinta segundos donde un candidato acusa a otro de “querer entregar el país a los terroristas” se reenvía decenas de veces en grupos de WhatsApp. Un meme que caricaturiza al oponente como un títere de intereses extranjeros llega a cien teléfonos al tiempo. Y como el que reenvía no es el candidato, sino el vecino, el primo, el amigo, el mensaje llega con un sello de confianza que ningún comercial de televisión puede comprar.

En Vichada, donde el latifundio ha sido la regla durante décadas y donde la concentración de la tierra es una de las más altas del país, el discurso que señala a los “terratenientes” como culpables del atraso cala hondo. En Guainía, donde la presencia del Estado ha sido más ausente que presente, el discurso que señala al “Gobierno Nacional” como la responsable de todo funciona como un imán. Pero cuidado: no se trata de que estos diagnósticos sean falsos. Se trata de que son incompletos, simplificados hasta la caricatura, diseñados para movilizar emociones en lugar de construir soluciones.

La sociología llama a esto construcción del enemigo populista: la estrategia de polarizar el debate reduciendo la complejidad del mundo a un enfrentamiento entre “los buenos somos más” y “los que nos son buenos”. Es el mismo mecanismo que Goebbels usó para señalar a los judíos, a los comunistas, a los demócratas. No digo que los candidatos de hoy sean nazis. Digo que usan las mismas herramientas, aunque con distintos rostros y con canales de difusión mucho más poderosos e íntimos.

Goebbels también entendió que la gente no quiere análisis profundos. Quiere respuestas claras, aunque sean falsas. Por eso la propaganda siempre ofrece soluciones simples: “conmigo, el campo florecerá”, “yo voy a acabar con la corrupción en tres meses”, “mi plan de salud les devolverá la dignidad”. Frases que caben en un comercial de televisión, en un video de TikTok, en un mensaje de texto.

En territorios como Guainía y Vichada, donde la espera ha sido la norma durante generaciones, estas promesas operan como un analgésico. La gente quiere creer. Llevan décadas esperando que alguien les resuelva el agua potable, la energía, la conectividad, la salud, la educación. Cuando un candidato llega con una sonrisa y una frase bonita —ya sea por televisión, por un video viral o por un mensaje al celular—, la tentación de aferrarse a esa esperanza es enorme. Y la propaganda lo sabe. Por eso no ofrece planes de gobierno detallados. Ofrece emociones. Ofrece fe. Ofrece la ilusión de que, por fin, alguien va a llegar y va a cambiar todo con un decreto.

Es cruel, pero es cierto: la propaganda no promete gobernar. Promete salvar. Y hoy, la salvación cabe en un mensaje de texto.

Pero no todo está perdido. Aunque Goebbels fue un genio del mal, sus trucos se pueden desmontar con herramientas sencillas, al alcance de cualquier persona que tenga voluntad de pensar. Aquí van algunas recomendaciones, pensadas desde y para los territorios como Guainía y Vichada.

La primera: desconfíe de las frases demasiado bonitas o demasiado terribles, vengan por donde vengan. La vida real es más compleja que un comercial de treinta segundos, que un video viral o que un mensaje de texto. Si un candidato le promete resolver algo que ha sido un problema durante décadas en un solo mandato, desconfíe. Si otro le dice que su oponente es el demonio encarnado, desconfíe. La verdad, por lo general, está en el medio, y requiere explicaciones más largas que las que caben en un mensaje de texto.

La segunda: pregúntese siempre: ¿quién se beneficia con que yo crea esto? Toda propaganda tiene un interés detrás. Cuando reciba un video o un mensaje que ataca a un candidato, pregúntese a quién beneficia ese ataque. Cuando vea una promesa deslumbrante, pregúntese quién pone la plata para cumplirla. Esta pregunta simple es una de las herramientas más poderosas contra la manipulación. La Guía de Integridad Informativa lo llama “filtro de imparcialidad”: la capacidad de distinguir entre un hecho comprobable y una opinión diseñada para manipular emociones.

La tercera: no reenvíe sin verificar. Esa es quizás la regla más importante en la era del WhatsApp. Antes de pasar un video o un mensaje, pregúntese: ¿esto es cierto? ¿De dónde salió? ¿Quién lo grabó? ¿Por qué me lo están enviando? Un reenvío irresponsable hace el trabajo de la propaganda gratis. No sea cómplice de la mentira.

La cuarta: hable con sus vecinos, con su familia, con los mayores de la comunidad. La propaganda aísla. Busca que usted crea que solo usted ve la verdad, que los demás están engañados, que usted es el elegido que entiende lo que pasa. No caiga en esa trampa. Comparta lo que ve, pregunte qué piensan los otros, contrasten versiones. La sabiduría colectiva es un antídoto poderoso contra la mentira repetida.

La quinta: exija pruebas. Si un candidato dice que el otro le robó, pregúntele: ¿dónde está la sentencia? Si dice que va a construir cien escuelas, pregúntele: ¿con qué plata, dónde, cuándo? Si le llega un mensaje que lo acusa de algo, pida la fuente. La propaganda se alimenta de la vaguedad. El ciudadano crítico se defiende pidiendo propuestas concretas. No se conforme con frases bonitas. Exija números, fechas, nombres.

La sexta y más importante: eduque a sus hijos en la duda metódica. Enséñeles que no todo lo que ven en la televisión o en el teléfono es verdad. Enséñeles a preguntar “¿cómo lo sabes?” antes de creer. Enséñeles que el mundo es más complejo de lo que cabe en un meme o en un video de treinta segundos. Esto no requiere colegio privado ni internet de alta velocidad. Requiere tiempo, conversación y el ejemplo de un adulto que no traga entero lo que le venden.

Termino con algo que me duele decir pero es necesario: la propaganda existe porque funciona. Y funciona porque nosotros, los ciudadanos, muchas veces preferimos la comodidad de la respuesta fácil al trabajo de pensar. Es más cómodo creer que hay un culpable claro de todos nuestros males que aceptar que los problemas son complejos y las soluciones difíciles. Es más cómodo repetir la frase que escuchamos en el comercial o reenviar el video que nos llegó sin verificar que sentarnos a leer un programa de gobierno. Es más cómodo odiar al otro que construir acuerdos con él.

Goebbels lo sabía. Por eso diseñó su propaganda para apelar a las emociones más básicas: el miedo, el odio, la esperanza ingenua. No apelaba a la razón porque sabía que la razón incomoda, que la razón exige esfuerzo, que la razón no se vende en un eslogan ni cabe en un mensaje de texto.

En Guainía y Vichada, donde la vida ya es bastante dura sin necesidad de propaganda, no podemos darnos el lujo de regalar nuestro voto al primero que nos diga lo que queremos escuchar. El voto es lo único que tenemos para exigir que se nos mire como ciudadanos y no como botines electorales. No se lo entreguemos a quien mejor miente. Entreguémoslo a quien mejor demuestra.

La próxima vez que encienda la televisión o que su teléfono vibre con un mensaje de campaña, no apague el cerebro. Pregúntese: ¿esto es verdad, es mentira o es una verdad a medias? ¿Quién puso esta propaganda? ¿Qué interés tiene en que yo vote así? ¿Me están hablando como a una persona pensante o como a un rebaño que hay que conducir?

La democracia no se defiende solo con el voto. Se defiende, antes del voto, con la capacidad de no dejarse manipular. Goebbels perdió la guerra, pero sus técnicas siguen vivas. Que no ganen también nuestra dignidad.

*Sociólogo, Especialista en Gerencia de Proyectos y candidato a Magíster en Métodos y Técnicas de Investigación Social Aplicada. Con pertenencia al pueblo indígena, su trayectoria profesional se orienta hacia la investigación social aplicada, la formulación de políticas públicas con enfoque diferencial y el trabajo de campo con comunidades indígenas amazónicas. Ha sido coordinador de la Secretaría de Asuntos Indígenas en Guainía, líder de profesionales sociales del IGAC, y referente regional del Sistema Nacional de Bienestar Familiar.

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