[Ficción] En algún lugar

Por Manaes Amaya

— Eso pasó hace mucho tiempo en un lugar muy ficticio— me dijo un viejo Churuco cuando se dispuso a contarme por qué andaba tan adentro del monte, luego de haber vivido muchos años cerca a la gente y a los animales que trajo el hombre a estas tierras. Lo conocía desde antes porque siempre fue amigo del clan araguato del que hago parte y siempre mi familia lo trató con especial cariño; lo recuerdo de una vez que vino a visitarnos hace mucho tiempo cuando andaba por el monte convenciéndonos a todos los que vivíamos en la selva de que votáramos para que unos animales que vivían en el pueblo mandaran sobre lo que podíamos y no podíamos hacer.

— Antes, donde ahora es el pueblo, vivían los animales del monte — continuó, mientras se sentaba y tanteaba con su larga cola una vara para comprobar su firmeza y recostarse. — Eso era puro monte, allá vivían la lapa, el picure, la danta, todos los micos que usted se imagine, el cajuche y hasta el tigre, y en el río la cucha, la mojarra, el bocachico, el bocón y otros miles de peces que cada vez son más difíciles de encontrar. En ese monte los animales vivían y, aunque tenían sus problemas como todo el mundo, habían aprendido a vivir tranquilos, comiendo pepas, pescando, cazando solo lo que se alcanzaban a comer y compartían de vez en cuando las cosas que la selva les brindaba en abundancia.

» Cuando el hombre llegó a la selva, las cosas comenzaron a cambiar. A su llegada, empezó a limpiar y a cercar la selva, pero fue amigable con los animales, permitiéndoles vivir en lo que ahora llamaba “su territorio”. En sus bongos trajo animales de otros lados, de muchos tipos, pero lo que más trajo fue lagartos, perros y ratas. A sus animales los instaló cerca a la casa grande y les permitía dormir bajo el refugio de sus galpones y comer de la comida que les ponía, así como usar sus caminos, tomar el agua de sus bebederos y, frecuentemente, tomar del guarapo que solía preparar con panela y cáscaras de piña. A los animales del monte, los que antes de su llegada siempre habían vivido ahí, les mandó a mover sus madrigueras, nidos y cuevas monte adentro, sin embargo, les permitía venir a disfrutar de sus instalaciones y, de vez en cuando, les mandaba comida y accesorios para mejorar sus refugios con el burro y un perro viejo que trajo al llegar a este monte.

» Al poco tiempo de instalarse, el hombre empezó a decir que esto o aquello era suyo y que para hacer cualquier cosa había que pedir permiso y esperar a ver si se podía o no. Lo que antes se hacía por el simple derecho de estar vivo, ahora estaba supeditado a que el hombre lo autorizara, permiso para cortar un palo, para cambiar una cosa por otra, para comprar o para vender y para casi todo, lo que ocurre a diario en la vida. Como lo vimos tan blanquito, tan bien vestido y que hablaba tan bonito, pensamos que tenía razón y simplemente le hicimos caso. Para que el hombre diera su permiso había que llevarle una sarta de pescado, un racimo de caimarón o de manaca, un bojote de palma o cualquier otra cosa para engordar sus alacenas. De todo lo que recogía, luego de coger su parte, el hombre lo distribuía entre todos, lo más igual posible, eso sí, dando prioridad a los animales que vivían en su patio, sabían uno que otro truco, caminaban y se movían en general según su parecer, entendían su idioma y, por lo tanto, obedecían sus órdenes sin reparo.

» Con el tiempo, el hombre se fue cansando de tener que llenar los comederos, bebederos, de adecuar los nidos de las gallinas y de estar arreglando los techos que movían de su sitio los vendavales de la selva, se le empezó a hacer difícil estar atento de las necesidades de los animales que vivían en su patio y de los otros que se habían tenido que ir más lejos al monte, a los que también le gustaba atender. En su gran inteligencia, al hombre se le ocurrió que los animales mismos se encargaran de organizar sus cosas, de arreglar los techos, cobrar y distribuir la comida, poner los bebederos y llenarlos constantemente de agua limpia, de cuidar a los polluelos, cachorros y demás animalitos para que crecieran sanos y fuertes. Pero, realizar estas tareas y, sobre todo, decidir cómo realizarlas, implicaba la necesidad de que hubiera uno o varios líderes entre los animales que pudieran administrar las decisiones y los recursos que eran para todos.

» Haciendo uso de lo que para él era buena voluntad, decidió reunir a los animales para informarles su decisión y para que el proceso de elección de los líderes empezara. Sacó una silla al patio y trepado en ella empezó a llamar tan fuerte como pudo a los animales, aspirando a que todos lo oyeran y, asimismo, pudieran participar de la reunión. Los animales de la casa escucharon el llamado y empezaron a acudir, pero algunos ya por viejos o porque no les interesaba, se quedaron en sus nidos o escampaderos viendo desde lejos, pero con la posibilidad de escuchar lo que iba a suceder. De los animales que estaban en el monte más cercano a la casa, solo algunos escucharon débilmente el llamado y varios de los que escucharon el ruido que hacía el hombre desde su silla no hablaban su idioma y, más allá de parecerles curiosa su actuación, no lograron entender su propósito, por lo que no todos acudieron a la reunión. De los animales que vivían selva más adentro, apenas les alcanzó a llegar un leve susurro a unos pocos, sin embargo, estos no lo entendieron por tratarse de una lengua extraña. Sólo la onza, un felino de oído aguzado y sagaz, que había aprendido el idioma del hombre y a moverse con una especial gracia que le gustaba a éste, se dirigió con el paso afanado y su cola larga hacia la casa de donde venía el grito.

» Los animales se reunieron alrededor del hombre para escuchar con atención lo que tenía que decirles. El hombre les explicó que entre todos debían elegir a uno de ellos para que le ayudara durante cierto tiempo a repartir los alimentos de los demás de forma equitativa, a estar pendiente de los refugios de todos, de que los animales más chiquitos no pasaran hambre y no se los comieran los más grandes, de que las frutas no se pudrieran en los árboles y fueran aprovechadas por todos y no solo por los trepadores para garantizar la equidad, de recoger los huevos de las gallinas para después compartirlos democráticamente, de limpiar y llenar los bebederos y otras tantas funciones que tenían agotado al pobre hombre. Les indicó que en una semana se volverían a reunir en el mismo patio y cada uno debía decir quién le parecía el adecuado para dicha labor, según le pareciera el más inteligente, el que mayor conocimiento tuviera, el más honesto y en conjunto el animal con mayor número de virtudes posibles.

» Los que escuchaban a lo lejos desde sus nidos y dormideros siguieron impasibles y no se involucraron. Algunos de los animales que vinieron del monte no entendieron nada de lo que les comunicó el hombre en su extraña lengua porque no la hablaban y aquellos que sí la hablaban apenas conocían unas pocas palabras y no entendían a qué correspondían sonidos como “equidad”, “democracia” o “virtudes”. Sin embargo, los animales que habían llegado en el bongo con el hombre, aunque tampoco sabían que era democracia o equidad, y mucho menos virtudes, sí entendieron la parte de recoger los huevos y de aprovechar las frutas, así que se apresuraron durante esa semana a hacer todo lo posible para convencer a los demás animales de que los eligieran. Aún sin haber empezado a administrar los huevos, las frutas o los bebederos, le prometieron al picure que le llevarían todos los lunes sin falta un racimo de caimarón, que sabían era de sus frutas favoritas; a la lapa, le prometieron pepas de manaca verde desgranadas y que, si quería, se las pilaban y envasaban en las botellitas de plástico que por esa época ya habían empezado a contaminar la selva; al cachirre, traerle diez canastos llenos de mariposas amarillas para que se las pusiera en la espalda y en la trompa mientras se asoleaba, tal como sabían que le encantaba hacerlo en las mañanas del verano. Algunos fueron más arriesgados y, tomando de sus provisiones o incluso de las que el hombre tenía en su alacena, empezaron a intercambiar frutas, pescados, huevos y otros alimentos por la promesa del voto. Los más audaces, tomaron unos bojotes de palma que el hombre guardaba en un costado de la casa para convencer a los animales que vivían más lejos de que los escogieran.

» Durante esa semana, los animales que querían ocupar el cargo de administrador reunieron a sus amigos más cercanos y estos trajeron también a sus familias y allegados para que ayudaran a convencer a los demás de orientar su voto hacia uno u otro lado. Para tal labor, los animales más finos y que nunca habían dejado el patio del hombre, salieron hacia la selva a transmitir el mensaje de su amigo o familiar. Los conejos con su pelaje blanco y límpido, tuvieron que ensuciarse por primera vez sus esponjadas y delicadas paticas para caminar por el barro de la selva; al imponente gallo se le pegaron los cardos en su iridiscente plumaje verdirrojo; los patos de la casa, que hasta ahora solo habían nadado en el estanque de su amo, tuvieron que sortear raudales y esquivar tembladores en las lagunas más apartadas de la selva. Muchos de los animales pasaron por primera vez penurias y dificultades en la selva, movidos por la ilusión de que, una vez elegido, su amigo candidato, les compartiera de manera especial parte de los alimentos, les diera un mejor lugar para dormir o les asignara bebederos más grandes. Los únicos que no pasaron penurias, pero que también salieron a buscar votos, fueron las ratas, los perros y los lagartos que habían llegado con el hombre y que ya se conocían la selva y hasta hablaban a veces en las lenguas de los animales del monte. Por su parte, la onza, aliada con un chigüiro de sobresalientes dientes que el hombre había traído como mascota, se puso una mochila cruzada que el amo había traído alguna vez de la costa y se fue a convencer a sus paisanos de que éste era la mejor opción para que dejaran de pasarla tan mal en el monte y empezaran una nueva vida, ayudados por el Doctor Chigüiro.

» Durante la semana de campaña los combos de animales que se fueron armando trabaron enemistad, se miraban con sospecha, se hablaban poco y, cuando coincidían en un estero para beber agua, lo hacían sin bajar la mirada para verse en el reflejo, pues no perdían de vista al simpatizante del candidato opuesto al suyo. Los loros, aliados de una mula de la casa que se había postulado como candidata, gritaban desde lo alto de los árboles que el Chigüiro no servía para gobernar, sino para estar entre el barro, que sus dientes eran tan grandes solo para poder comer más rápido y que, por eso, se iba a comer la comida de todos. Desde las ramas de los árboles cercanos, los micos aulladores gritaban con sus voces de ultratumba que la Mula no servía para administrar porque una vez la vieron en amores con un caballo de una finca vecina. Aprovechando una pintura de aceite que tenía el hombre entre sus herramientas, a las tortugas les pintaron letreros que nunca pudieron borrar de sus caparazones con lemas que favorecían al Chigüiro y que despotricaban de la Mula. En los árboles, se pintaron y tallaron letreros de “Vote por la Mula” y “El Chigüiro nos va a dejar sin comida”. Y así, se pasó la semana y en las votaciones, quién sabe por qué fuerza, terminó ganando el Chigüiro por una apretada diferencia dada en los resultados que el mismo hombre dio a conocer y que, por supuesto, la Mula intentó interpelar infructuosamente.

» Una vez instalado el Chigüiro en su cargo, llegó la noticia de que iban a traer la electricidad a la casa, que en las fincas y casas aledañas ya habían empezado a llevar plantas para poder iluminar en las noches y enfriar el agua mediante unos milagrosos artefactos llamados neveras. La mayoría de las casas de este lado del río habían comprado sus plantas en el pueblo y estaban funcionando adecuadamente. Al enterarse de esto, el hombre le dio el dinero al Chigüiro para que fuera al pueblo a comprar la planta de la casa, sin embargo, éste había escuchado de uno de los perros más aventajados que al otro lado del río la podría conseguir más barata y así ahorrarse unos pesos. Sin más, el Chigüiro encomendó al distinguido lagarto la compra de la planta al otro lado del río y se dividieron el dinero sobrante en partes iguales. La planta llegó y se instaló, maravillando a todos los animales de la casa y especialmente a los del monte que habían ido hasta la allí, adornados con flores, recién bañados y peinados para la especial ocasión, en la que el hombre demostraría que era superior a la naturaleza, robándole horas a la noche para alargar el día. Luego de la sorpresa y admiración que produjeron en sus primeros días los milagros que permitía la electricidad, la planta empezó a fallar; el hombre la revisó y constató que se trataba de una planta comprada al otro lado del río, de menor calidad y menor precio. Sintiendo su confianza defraudada por el Chigüiro, lo encerró en una jaula que hizo con malla eslabonada y unas láminas viejas de zinc.

» El encierro y la destitución del Chigüiro trajo el problema de encargar sus tareas a otro animal, pues estaba decidido que el hombre no se volvería a encargar de todas esas actividades directamente. A dedo, mandó traer del llano un gavilán para que mandara mientras se elegía a otro. En su puesto, el Gavilán trató de organizar lo que más pudo la casa y sus alrededores, hizo migas con los animales más cercanos al hombre y se aseguró de contar con recursos suficientes para salir elegido como dirigente de esta tierra a la que acaba de llegar y de la que no sabía nada. Así, semanas después, durante las nuevas elecciones, tanto los animales de la casa, como los del monte cercano y de los de monte más adentro, lo escogieron en su mayoría sin conocerlo incluso.

» El gobierno del Gavilán pasó sin pena ni gloria y, luego de hacerse unos buenos bultos de comida y otras riquezas de la selva, emprendió el vuelo hacia su llano natal. Las siguientes elecciones dejaron como ganador a un animal conocido como chucha, una rata gigantesca. La Chucha tuvo a bien dirigir todo el territorio a su manera, mandando aquí y allá y aliándose con otros roedores de menor tamaño, pero con vasta experiencia en actividades ratoniles. Ya avanzado su periodo, el hombre le indicó a la Chucha que debía asegurarse de que el mugre que dejaban algunos animales en la orilla del caño cuando arreglaban y limpiaban el pescado fuera recogido y enterrado para no generar enfermedades por contaminación del agua o del mismo aire. Para tal fin, el hombre le dio racimos de manaca al granel, doscientos seis en total, que podía repartir entre los animales que ayudaran con la labor de recoger toda la contaminación y enterrarla a una distancia prudente del caño. La Chucha llamó a su equipo de roedores para gestionar qué hacer con tanta manaca; en seguida, entre todos hicieron una gran comilona en la que mascaron pepas de manaca, tomaron chicha, se pintaron las caras y los cuerpos con el morado del fruto y hasta collares se hicieron con las semillas que iban quedando deshilachadas en el suelo. Hicieron de todo, menos encargarse de la contaminación del pescado podrido. En el momento, el hombre no se dio cuenta de la conducta de la Chucha, pero tiempo después, cuando ya ésta había dejado de gobernar, la encerró en la misma jaula que inicialmente había encerrado al Chigüiro.

» Luego de la Chucha, llegó de otro lado lejano del monte un rabipelado, otro roedor que le había mandado al amo, como parte de un pago, un tal señor Ramiro o de Jesús de la Sabana. Con tal que el Rabipelado empezó sus funciones emocionando a los animales del monte, prometiéndoles que ahora sí les iba a ir mejor a ellos que a los animales de la casa; que él, por ser también un animal del monte, los iba a tener en cuenta y que ellos harían parte de su equipo de trabajo. Por esos días se acabó el combustible de la planta y el Rabipelado hizo negocio con unos señores que hacían casabe para comprarles el ACPM, dieciséis y medio galones en total que, según él, pagó, pero los casaberos nunca aparecieron con el combustible necesario para el funcionamiento de la planta. También sucedió que le contó al amo que había gastado veintiocho racimos de chontaduros en traer a unos gallos que cantaban bellísimo desde una finca cercana para que les enseñaran a cantar fino y fuerte a los pollitos, pero los gallos nunca aparecieron y años después el hombre se dio cuenta de que el Rabipelado de la Sabana había repartido los chontaduros con unos lagartos y unos perros con los que se la pasaba. Por su conducta, el Rabipelado también fue a dar la jaula junto al Chigüiro y a la Chucha.

» Habiendo pasado tiempos tan extraños, en los que un animal del monte mandara sobre los recursos y sobre lo que se podía y no se podía hacer en estas tierras, fue elegida una hormiga enorme que prometía dedicarse únicamente a trabajar y a no seguir en la holgazanería del Rabipelado y, mucho menos, de repetir las fechorías que éste había hecho junto a sus amigos los lagartos, que seguían por ahí, acechando a cualquier oportunidad de provecho. Durante el gobierno de la Hormiga, el hombre se dio cuenta de que ésta había ofrecido a un perro de agua un motor fuera de borda para que pudiera pescar mejor. La prueba fue un escrito en un hoja de lengua e’vaca en la que el mamífero se comprometía a votar junto a su familia por el entonces candidato Hormiga. Sin dejarlo terminar su mandato, el hombre, pensando en que éste debía cuidar a sus hormiguitas, no lo encerró en la jaula, sino en su hormiguero.

» Con el alboroto que causó el encierro de la Hormiga, los animales buscaban un líder joven y que fuera del lugar, no de afuera como el Gavilán o el Rabipelado, ni mayor como la Hormiga. Para ese entonces, surgió la imagen de un joven del gallinero de la casa que, a pesar de su edad y de ser aún un Pollo, ya sabía cantar finito y hablaba bien. Conocía el patio, pero también más allá porque su mamá era una gallina de monte y se le notaba en sus plumas morenas. Su carisma motivó a que animales habitualmente apáticos por el proceso de elección, como el perezoso se sumaran a su campaña; también a que animales del monte y de la casa trabajaran juntos por hacerlo elegir; y, en general, el ambiente se llenó de una especial esperanza de cambio. El Pollo resultó ser un fenómeno y los animales, tanto de la casa, como del monte, aquí y allá, lo eligieron para que administrara el territorio, sin las mismas mañanas que sus predecesores.

» Pero el Pollo tenía otros planes, así que mandó a llamar a perros, ratas y lagartos, a culebras y roedores del monte, y hasta del llano trajo gavilanes y gabanes para que se llevaran lo que más pudieran. Por esa época hubo una especial cosecha, todas las plantas cargaron como nunca antes y como, hasta el momento, no lo han vuelto hacer. Los cocos se hincharon de tanta carga, a los limones, mangos y pumarrosos se les quebraban las ramas por el peso de los frutos y así, la selva se llenó de un volumen de comida inigualable. Para sumarse a la abundancia, se dio una subienda de bocones riquísima en la que bastaba con pararse junto a un raudal y estirar la mano para sacar sendos pescados de cinco, diez y hasta quince kilos, según cuentan los más pesimistas. Sin embargo, lo que más floreció fueron las palmas, el monte estaba plagado de racimos de todas las palmas que abundan en la región: moriche, manaca, ceje, fibra, cucurito y demás. La casa estuvo llena de racimos de frutas y racimos a granel, más que antes y después.

» Con tanta abundancia se esperaba que fuera mucho lo que se pudiera hacer para mejorar la vida de todos. Salvo la construcción de un gallinero más amplio y la adecuación de campos para jugar fútbol por todo la selva, no se notó mayor progreso en la satisfacción de las necesidades de los animales de la casa y del monte. Pensando en que la necesidad más imperante era la de contar con agua para beber adecuadamente durante el verano cuando el caño se secaba, el Pollo prometió distribuir bebederos y fuentes de agua por todo el monte para que ningún animal pasara sed durante los intensos calores de la selva. El amo le entregó todos los racimos de palmas que se habían reunido en la casa por el pago de los demás animales para que cumpliera con su promesa de llevarle agua a todos los habitantes del territorio. Pero pasó el tiempo y el agua nunca llegó, solo quedaron pequeños huecos, algunos bebederos viejos y comidos por el musgo y demás vegetación y algunas herramientas botadas por aquí y por allí en medio de la selva. Tiempo después, ya cuando el Pollo no era gobernante, el hombre pudo darse cuenta de que el joven promesa se había repartido noventa y tres racimos con sus amigos perros, lagartos, ratas, gavilanes y gabanes, a cambio de usarlos para la instalación de los bebederos para los demás animales. El Pollo fue a parar a la jaula, junto con el Chigüiro, la Chucha y el Rabipelado.

» Durante el tiempo que el Pollo ejerció su liderazgo, uno de sus amigos lagartos hizo buenas migas con los demás animales por su amabilidad y por su forma sencilla de tratar a todos por igual, sin importar si eran de la casa o del monte, si eran olorosos o babosos, si tenían espinas o escamas o lo que fuera. Este carismático lagarto solía pasar las tardes de mucho sol resguardándose en los zapatos del hombre, por lo que, para diferenciarlo de sus congéneres lagartos, le dieron el sobrenombre de Zapato. Desde antes, gracias a su capacidad de administrar bien los recursos a los que tenía acceso, los negocios de Zapato prosperaron y hasta la fecha son notables empresas en la casa y en otras fincas donde también extendió su trabajo. Pero, a pesar de que cayera tan bien a los animales, cuando estaba más o menos en la mitad de su periodo, fue cuando el hombre se dio cuenta de las pilatunas del Pollo en las que él había participado como uno de los actores protagónicos, así que también lo envió a la jaula junto al Chigüiro, la Chucha el Rabipelado y el Pollo.

» Con el puesto de líder vacío, los animales escogieron a un mico que no era propiamente del monte, pero se había criado por esos lados y ya contaba como uno del lugar. Era un mico grande, acuerpado, morocho y la gente lo conocía como Macaco. Macaco también era amable con los demás animales, especialmente con lo más modestos, era sencillo y despreocupado, sus maneras de ser como del monte agradaban a sus congéneres y esto le hizo ganar un aprecio especial en el territorio.  Una de las promesas de Macaco para ser elegido fue la de hacer un puente para facilitar el paso de los animales terrestres sobre un caño en el que se había visto la aparición de un santo, al que conocían como San Pipe. Una vez escogido como líder, el hombre le dio recursos a Macaco para el puente prometido y durante todo su mandato, sólo construyó la parte central del puente, de tal manera que los animales que llegaban desde ambas orillas no tenían forma de usarlo, a pesar de haberse gastado los dieciséis racimos de ceje que el hombre le dio para dicho fin. Antes de que terminara su periodo de líder, Macaco invitó a todos los animales a elegir a otro animal amigo suyo, un primate proveniente de la rivera, un Rivereño, con los pies especialmente grandes. Como aún no se sabía lo de San Pipe, los animales votaron por el amigo de Macaco, aunque probablemente si hubieran sabido, también habrían votado por él.

» A parte del líder principal, el hombre haciendo uso de su don de la sapiencia, se inventó que dos animales hicieran las veces de representantes ante los animales de otras fincas que eventualmente se reunían a dormir en una pradera fresca y, más eventualmente aún, a tomar decisiones sobre cómo usar los recursos y cómo ayudarse entre sí. De los muchos que ocuparon ese cargo recuerdo un picure, calladito, quietico, juiciosito que no hacía nada, que fue elegido también por recomendación de Macaco y que sigue ahí, sin hacerle daño ni favor a nadie, también disfrutando de las siestas en la pradera junto a sus colegas. También recuerdo uno que no fue elegido inicialmente, sino que entró a reemplazar a una cabra que fue mandada a guardar en una jaula en otra finca, y que desde ese entonces ha sido elegido por los animales de la casa y del monte una y otra vez, un zorro que no era originario de estas tierras, pero que trajeron chiquito y acá se crio.

» Con el tiempo la casa se ha llenado de otros animales que aspiran algún día a ocupar uno de esos cargos, pero que aún no les han alcanzado los votos o que, desde la pereza de su nido o madriguera, o moviéndose de arriba para abajo en la casa y en el monte, se dedican a opinar sobre los demás. Por ejemplo, en el costado izquierdo del patio de la casa se ubicó un león de monte que en algún momento de su juventud generó muchas esperanzas en los demás animales y que hoy se le ve junto a un conejo, parecido al de la Warner Brothers, revoloteando de aquí para allá, pero sin lograr mucho. También, los animales de la casa han aprendido a convivir con víboras de toda clase que alborotan los nidos de los demás, quejándose de este y de aquel, pero sin proponer soluciones o ayudar a solucionar nada. Se ven también a los greñudos y perezosos caballos, comiendo y hablando paja de todos y de todo, desde la comodidad de su establo, sin ganas o capacidad de moverse un poquito para que algo mejore.

» Hubo también el caso de un sublíder del gallinero principal, un gallito de pelea que, cada vez que tomaba guarapo de cáscara de piña, le daba por cogerse a golpes con todos los animales y que al final también fue a dar a la jaula por sus pilatunas como aliado del Pollo. Luego del gallito de pelea, el cargo de sublíder lo ocupó un Paujil pequeñito que se había criado en el patio de la casa y que al principio los animales del monte pensaron que los iba a favorecer, pero que luego de ganar, se dedicó casi que exclusivamente a tomar guarapo, a derrochar el maíz del gallinero a sus anchas y a caminar por ahí, como si no fuera Paujil, sino pavo, sin saludar a ninguno de aquellos del monte que lo habían elegido. Otro sublíder del gallinero, un gallo grande y regordete que llevaba el nombre en inglés de un rey que despegó una espada de una piedra, Alejandro, si no estoy mal, que consideró como progreso y desarrollo tumbar los árboles que cubrían a los animales de la casa del inclemente sol de estas tierras, para reemplazarlos por unos tubitos luminosos que dejaron unos niños, luego de una fiesta de cumpleaños en la casa del hombre.

» Ahorita, cuando están por elegir a los representantes que irán a la pradera a hablar por nosotros y a echar la siesta, la cosa se puso muy pesada. Tal como al principio, los bandos de los animales que se postulan se insultan, se tiran indirectas y directas, las tortugas ya no aguantan más letreros repintados, los loros han innovado en sus insultos y trajeron a las guacamayas que, como son tan bellas, pueden insultar bonito y nadie dice nada; los letreros ya no solamente están en los árboles, sino en las piedras, en las paredes de la casa, en las carretillas y hasta en los pescados; ya no se puede ir en paz a un estero a beber agua y si uno no vota por este o por aquel, fijo no tiene después parte en la repartición de los racimos.

» Parece que al igual que antes, los que están liderando y administrando los recursos no quieren soltar la teta del hombre y se ponen en carne ajena en otros animales. Macaco, el Picure y el Rivereño están haciendo lo imposible para que los animales escojamos a un lorito azulito que encontraron cerca de un molino y que decidieron que podía representarlos; y cuentan, porque no me consta, que a los animales que ayudan en las labores del patio de la casa se les amenazó con quitarles su ración de manaca si no lo apoyaban en la elección. Mientras tanto, el Zorro sigue atornillado en su asiento y trajo a su bando, como para mostrarse renovado, a un no tan joven garzón, alto, de plumas blancas, limpias y largas como manos. Por su parte, el Pollo quiere que los animales elijan a su hermano, un pollito que siempre vivió de vender el guarapo de panela y cáscara de piña que hacía el hombre en su casa.

» Así las cosas, para estar de aquí para allá, cambiando cada nada, para que todo siga igual de mal y que el trabajo de todos se lo coman unos vivos, mejor trabajo solo para mí en el monte que es a donde pertenezco. No vuelvo a andar como los loros, diciéndole a los demás por quién votar porque, si realmente fuéramos libres, a nadie debería importarle por quién votan los demás. Al final de cuentas, cada quien sabrá por qué animal prefiere votar».

Manaes Amaya
Inírida, marzo, 2026

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