Cuento: 28 días en el infierno
Por: El Escudo de la Selva
Entrar al infierno tiene sus consecuencias. La última vez que se supo de ingresos al infierno para robarle almas al diablo, todos desaparecieron. Cada extremidad ardió en las llamas del fuego hasta el día que los alcanzó la muerte. Nunca más se supo de intentos de jugar con el diablo. Pero el hombre no nace con miedos a romper las reglas del bien o del mal, solo guarda esperanzas de extender su linaje con pequeñas oportunidades en sus hijos, oportunidades de cambiar la historia triste de cada ascendencia miserable y pobre.
No había razón para no entrar y rescatar a su padre de entre los vivos y los muertos. Durante 3 días viajaron selva adentro siguiendo las curvas que dibujan las aguas dulces y negras de esta parte de la tierra, hasta encontrar la ciudad minera en el centro del pulmón del mundo. Esperaban hallarlo atrapado en un hueco gigante del tamaño de 50 canchas de fútbol del que todos hablaban, y a unos 50 metros de profundidad donde la gente buscaba el oro de las sobras que dejaban las máquinas industriales que llegaban de la modernidad.
Dentro y fuera del hueco unas 10 mil personas conformaban la ciudad minera, hombres, mujeres y niños. Muchos llevaban entre 3 y 20 años sin salir del infierno. Una ciudad repleta de gente que llegaban de todo el mundo dispuestos a salir de la miseria. Una ciudad con prostitutas, asesinos, narcotraficantes y ciudadanos que no encontraban oportunidades en las ciudades modernas, y se internaban en la selva en busca del dorado, sentenciados a enriquecerse con las guacas o morir tapados por un derrumbe, enfermos o desmembrados por los criminales que deseaban el oro fácil.
- Buscamos al Caparrudo ¿Saben dónde está? ¿Lo conocen?
Al llegar a las minas, los dos extraños interrogaron a los ciudadanos una y otra vez, afanados por el hambre y el frío que les revolvía el arrepentimiento. Buscaron al Caparrudo sin encontrar respuesta. No supieron de él. Y la necesidad de sobrevivir los llevó a entrar a las profundidades del hueco, las profundidades del infierno, a husmear entre el barro, la arena, el agua y las raíces de los árboles caídos, buscando al Caparrudo o un poco del deseado oro que les salvaría la vida. 12 gramos lograron reunir para comprar comida. Parecía que la suerte de los principiantes jugaba a su favor, porque las fuerzas en las minas se miden en oro. Sin embargo, no había tiempo de pensar en el futuro, de pensar en los lujos y lujurias que se podían comprar con los gramos del metal – ¡Es nuestro momento! Expresó el mayor, mientras compraban un pollo asado con yuca y arroz andino por el precio de 5 gramos de oro.
Cómodos por el bienestar que les generaba entrar al hueco para sacar oro y comprar comida, o embriagarse todos los días a punta de ron y aguardiente, bailar y revolcarse con las prostitutas que se ofrecían a precio de oro, los dos jóvenes olvidaron el objetivo de su viaje a las minas. Hasta que la noche del día 28 llegó con rabia. Dos hombres arreglaron sus diferencias en una batalla medieval a punta de machete y ante la mirada eufórica de la gente. Lucharon por más de 20 minutos, cortaron sus orejas, dedos y brazos, hasta que el más grande de piel morena le arrancó la cabeza de un machetazo al Sute, que cayó de rodillas mientras sonreía de dolor. Esa madrugada, el menor de los dos, asustados por lo que acababan de presenciar, calmó sus nervios con el sudor frío de una mujer por la que pagó 5 gramos de oro. Recordó lo insignificante que somos en medio de la nada, que en el infierno todos pueden arder de placer o arder por una mala suerte hasta desaparecer.
Como en una pesadilla cineasta con ráfagas de fusil, granadas y bombas, despertaron los hermanos. De los helicópteros militares caían los soldados más sangrientos de los cielos. La gente corría de un lugar a otro, mientras la ciudad minera desaparecía frente a sus ojos, frente a sus cuerpos inmóviles e incrédulos. Los ranchos improvisados ardían y los cuerpos de los 2 hombres eran perforados por las balas que llovían en cada rincón de la selva, mientras la arena blanca de la mina se teñía de rojo, reviviendo la historia del Caparrudo 10 años atrás cuando intentó escapar.
