En el corazón caliente de Gaviotas
Por: Edwin Suárez
Esta semana, la fábrica de Gaviotas está apagada. En la actualidad, los ciclos de extracción de resina en el bosque de pinos determinan que, cada veinte días y, durante una semana, deja de llegar esa sustancia blanca, espesa, viscosa y pegajosa a la planta de procesamiento, lugar en el que, durante seis días, voy a trabajar.
Anoche estuve ansioso por mi primer día de trabajo, me desperté veinte minutos antes de que sonara la alarma, a las 4:25 de la madrugada. Tengo motivos para estar así: llevó seis años trabajando por mi cuenta, sin cumplir horarios; y hace doce que no realizo labores diferentes a las del periodismo —la última vez fue, por necesidad económica, en un campo petrolero—. Hacía cinco meses me había graduado y no conseguía empleo. Duré los quince días del contrato lavando herramientas y recogiendo basura, mientras mis compañeros cruzaban los dedos para que les hicieran prórroga. Después de dos agónicas semanas, salí corriendo de ese lugar; ellos se quedaron mes y medio.

El día está nublado. El aire se cuela por entre el bosque y acaricia mi cara mientras pedaleo por un camino de tierra rojiza los tres kilómetros que separan la casa del trabajo. Gaviotas es una pequeña comunidad fundada en 1971 en las sabanas inmensas del Vichada, donde solo viven las personas que trabajan allí. Fue un experimento de Paolo Lugari, un colombo-italiano a quien Gabriel García Márquez describió como “el inventor del mundo”. Una locura que al final salió bien: una comunidad autosostenible y ecológica en medio de la nada, premiada en 1997 con el galardón mundial de Cero Emisiones de la ONU.

Es jueves. Llego a las seis en punto de la mañana y soy el último en llegar. La fábrica es una nave de setenta metros de largo, cuarenta de ancho y doce de alto, donde cabrían unos ciento cincuenta automóviles. Mis compañeros —Jorge, el calderista; Henry, el veterano; Leandro, el conversador incansable; Jair, el padre de cinco hijos; Chipichipi, el chistoso; Power, el de gafas oscuras; y Hernán, jefe de la fábrica desde 1994, un hombre de risa estruendosa— están sentados alrededor de la mesa de la cafetería. Esperan el café que prepara Liliana, la única mujer del lugar, encargada del laboratorio.
Mientras, conversamos. Hablamos, cómo no, del trabajo. “La próxima semana podemos prender la planta”, dice Hernán, como dando una instrucción, con su mirada se fija en Henry (62), el operario más antiguo de la fábrica, “porque mañana entran 3.200 kilos de resina”.
Prender la planta significa convertir, a través de un proceso de mezclado, filtrado, decantado y destilado, la resina en colofonia y trementina. La primera sale a 150 grados Celsius en forma de líquido espeso que se empaca en cajas y se solidifica pronto; se usa en la industria de las pinturas. La trementina, un líquido de color similar a la gasolina, tiene propiedades antibacteriales y sirve para fabricar desinfectantes.
Le recuerdo a Hernán que el lunes es festivo, y es suficiente para cambiar de tema. El feriado, dice, es por el descubrimiento de América. Agrega, con sorna, que los verdaderos conquistadores habían llegado seis años antes que Cristóbal Colón, pero que este fue el que más habló y por eso se llevó los créditos. Nadie le refuta nada.
Son las 7:30. Todavía seguimos en la mesa. Siento que el tiempo se ha detenido; miro cada cinco minutos el reloj de pared que tengo en frente, me siento atrapado entre sus manecillas.
—Unos van a recoger ceniza para abonar la huerta. Leandro y Chipichipi prensan la bolsa —ordena al fin Hernán, casi a las ocho.
En la huerta trabajamos jueves y viernes: abonamos plátano, cítricos y maíz, y sembramos piña. Estos dos primeros días fueron más que nada para conocer a mis compañeros. Chipichipi, joven de piel morena y cara redonda, se burla de todo y de todos. Lo hace con gracia: mientras enterramos los colinos, dejo caer tierra entre las hojas, práctica indebida porque pudre la planta.
—¿Quién hizo esto? —dice, imitando a Hernán con un tono más áspero—. ¡No saben sembrar una piña!
—Fue don Edwin —agrega, con voz picaresca.
— Pero por qué no le enseñaron —dice, sin de dejar de imitar a Hernán—. Arreglen eso ustedes.
Todos reímos. El sol cae a plomo y la tierra del camino que de la fábrica conduce al restaurante, a un kilómetro de distancia, brilla como cobre fundido.

***
Es martes, mi tercer día de trabajo. Como ocurre siempre, llegamos, nos sentamos a conversar y a tomar café, menos Jorge. La caldera es lo primero que se enciende. Sin ella, nada funciona. Carga la máquina con leña y prende el fuego. En media hora, el proceso de transformación puede comenzar. A las 7:30, solo Hernán y yo seguimos en la mesa; los demás ya están en sus puestos: Power reviste las cajas con colbón; Miguel —que el jueves y viernes realizó otras actividades fuera de la fábrica— y Jair las arman antes de que, entre las 9:30 o 10:00, salga la primera destilada. Chipichipi y Leandro agregan resina al tanque; Henry distribuye el vapor que llega de la caldera.
—¿Qué hago, don Hernán? —pregunto.
Siento que a Hernán le avergüenza asignarme una tarea. Soy un intruso en la fábrica, pero un viejo conocido para quienes trabajan en ella. Nací en Gaviotas en 1989, donde estudié y viví hasta 2001. Hernán me conoce desde niño, quizás por eso le cuesta ejercer autoridad sobre alguien a quien vio profesionalizarse.
Trabajo en el área de servido. Ayudo a sellar cajas con colbón diluido en agua. Hernán, que cursó hasta séptimo de bachillerato, pero habla con soltura de química y mecánica, me cuenta cómo descubrieron esa técnica: “Fue de pura casualidad, para que los clientes no reclamaran por los residuos que se pegaban a la caja”. Se ríe fuerte. Esa risa llena la fábrica, la vuelve humana.
Luego aprendo a armar cajas, yo armo una mientras Jair hace tres. Me duele la espalda, las tibias, el alma. Pero siento también una forma de pertenencia: el ritmo de las manos, el ruido de la caldera, la humedad del aire. Es como si todo estuviera conectado.
“Tengo seis hijos”, me cuenta Jair —37 años, indígena sikuani— mientras pone el sello del lote en una caja que serviremos enseguida, “pero una murió”. Un fin de semana la niña le insistió que vieran una película. Estaban en la comunidad indígena, se montó en su moto y se fue a Gaviotas, a unos 10 kilómetros de distancia, a descargar el filme. Cuando regresó la niña agonizaba: “murió de dolor en el pecho”. Parece como si ese dolor también lo traspasara a él cuando cuenta esta historia.
Jair gana un salario mínimo, apenas lo justo para alimentar a su familia. No estudió, pero quiere que sus hijos sean bachilleres. Yo lo escucho y pienso que esa aspiración es una forma de fe, una manera de afirmarse contra el olvido.





***
Jorge, piel tostada, manos gruesas, me enseña a alimentar el fuego. Cada veinte minutos hay que abrir la compuerta y arrojar leña. Cuando se abre, el aire arde. Pese a los guantes y el delantal, uno puede permanecer apenas treinta segundos junto a la boca de la caldera, ese corazón que late, respira, da vida a la fábrica y transformar el bosque en economía.

El trabajo tiene una cadencia casi musical, marcada por el manómetro que nunca debe bajar de 200 libras de presión, una fuerza similar a una persona de noventa kilos apoyando todo su cuerpo sobre la yema de un dedo. En los descansos, breves, Jorge me cuenta que vino con su esposa y sus dos hijos desde el otro extremo del país, Plato (Magdalena), porque sueña con construir su casa de cemento. En una pausa, mientras el fuego crepita a nuestras espaldas, mira fijamente al suelo, como quien busca una respuesta.
—¿En qué piensa? —pregunto.
—En la familia —responde sin levantar la cabeza.
—¿En sacarlos adelante? —replico.
Dos lágrimas le corren por sus mejillas. El silencio, estruendoso.
Al final de la jornada, mis manos están rojas y adoloridas; el cuerpo, puro cansancio. El olor a resina y a vapor se mezcla con el de la madera quemada. Entonces entiendo que, en Gaviotas, el trabajo no solo transforma la resina en colofonia o trementina: también transforma a quien trabajan allí.
