En Inírida, el abandono animal no da tregua
Un año después de que se contará la historia de la Fundación Compañeros de Planeta, los ladridos siguen siendo los mismos, pero los animales son más. Hoy, 219 perros y 72 gatos dependen de una organización que continúa sosteniéndose, en buena parte, con la solidaridad de la comunidad.
Hay días en los que en la Fundación Compañeros de Planeta no hay espacio para uno más. Pero siguen llegando.
Llegan perros enfermos, animales heridos, gatos que necesitan ser aislados por enfermedades como leucemia o VIH felino y cachorros que alguien dejó abandonados. Algunos aparecen en las calles. Otros son llevados directamente hasta la fundación. Y algunos, cuenta la profesora Dianey Tavera Montoya, llegan después de que sus propietarios simplemente dejan de hacerse cargo de ellos.
Un año después de la primera historia publicada sobre esta fundación, la pregunta sigue sobre la mesa: ¿qué ha cambiado?
Para Dianey, no demasiado. Lo que ha cambiado es el número de animales y la cantidad de problemas que deben resolver cada día. Hoy son 219 perros y 72 gatos, casi 300 animales que dependen de comida, medicamentos, atención veterinaria y un espacio donde puedan estar.
“Cada vez tenemos que abrir más espacio para los perritos que llegan”, cuenta Dianey.
Y mientras ella busca dónde poner al próximo animal que llegue, también tiene que pensar cómo alimentar a todos los que ya están allí. La cuenta puede alcanzar los 10 millones de pesos mensuales solamente en alimentación, según explica.
Una parte sale de su propio bolsillo. Otra llega de personas de la comunidad que aportan 50.000, 100.000 o 150.000 pesos al mes, llevan un bulto de comida o ayudan cuando pueden. Algunos comercios también se han sumado a esta causa con donaciones y aportes para ayudar a mantener a los animales.
“Eso ha sido lo que nos motiva a decir sí podemos seguir”, afirma.

Pero detrás de esta labor hay una mujer que divide su vida entre dos vocaciones. Durante el día, Dianey es docente. Enseña a sus estudiantes y cumple con las responsabilidades propias de su profesión. Cuando termina su jornada, comienza otra: atender perros, gatos enfermos, animales abandonados y una fundación que requiere de su tiempo prácticamente todos los días.
Ser profesora no le impidió convertirse en rescatista. Por el contrario, sus dos labores terminan encontrándose en un mismo propósito: enseñar y cuidar.
En la primera historia se hablaba de una fundación que había tenido que crecer a fuerza de necesidad, mientras el abandono animal seguía dejando nuevos casos en las calles de Inírida. Hoy, el problema sigue tocando la puerta y no solamente con animales sanos.
La fundación enfrenta enfermedades felinas que requieren pruebas costosas y espacios separados para evitar contagios. En los perros, las enfermedades transmitidas por garrapatas también son frecuentes. Dianey cuenta que algunos animales llegan con heridas, sangrando, con la piel afectada o con dificultades para caminar. Son casos que requieren tratamientos que no siempre pueden costearse fácilmente.
La fundación, entonces, no solamente rescata. También cura, aísla, alimenta, esteriliza, busca hogares y, cuando un animal está en sus últimos momentos y sufre de manera irreversible, también debe tomar decisiones dolorosas.
Todo esto ocurre mientras el espacio sigue siendo uno de los principales problemas.

A pesar del panorama, hay números que muestran que el trabajo no se ha detenido. Desde enero de 2022 hasta mayo de 2026, los registros de la fundación contabilizan 670 animales rescatados. Este año, además, fueron esterilizados más de 200 animales y 135 encontraron un hogar mediante adopción, según los datos entregados por Dianey.
Son resultados que no han sido suficientes para cerrar el problema, porque mientras unos animales salen por adopción, otros siguen llegando. La fundación se convierte así en una puerta giratoria: unos encuentran una familia y otros llegan buscando una segunda oportunidad. Aquí aparece una de las principales preocupaciones de Dianey. Según relata, el respaldo de las entidades públicas continúa siendo limitado frente a las necesidades que tiene actualmente la fundación.
Menciona como apoyo recibido elementos de aseo de la Secretaría de Agricultura departamental y la vacunación antirrábica de los animales. También señala entregas de alimento por parte de la Alcaldía, pero considera que no alcanzan para cubrir las necesidades de una población cercana a los 300 animales.
Pero hay otro pendiente que vuelve a poner sobre la mesa la falta de un espacio institucional para atender a los animales: el Centro de Bienestar Animal de Inírida.
En la historia anterior publicada por El Morichal también se había contado sobre un fallo relacionado con la protección de los animales en condición de abandono, que buscaba que la Alcaldía de Inírida implementara brigadas, jornadas de vacunación y esterilización, además de avanzar en la construcción del Centro de Bienestar Animal. Sin embargo, según explicó Dianey, actualmente la acción popular se encuentra en suspensión, por lo que no existe en este momento una presión legal clara frente al cumplimiento de estas medidas.
Uno de los puntos que genera mayor expectativa es precisamente la construcción del Centro de Bienestar Animal de Inírida. De acuerdo con la documentación contractual, la obra corresponde al contrato de obra pública No. 001 de 2025 y tiene como objeto la “Construcción del Centro de Bienestar Animal Municipio de Inírida – Guainía”. El contrato inicialmente contemplaba como fecha de terminación el 16 de febrero de 2026.
Sin embargo, la obra ha tenido dos prórrogas. La primera extendió el plazo hasta el 16 de junio de 2026 y posteriormente, mediante una segunda prórroga aprobada en junio, se concedieron otros cuatro meses, estableciendo como nueva fecha de terminación el 16 de octubre de 2026.
A diez días de que se cumpla nuevamente ese plazo, la preocupación está en qué pasará con la entrega del lugar. En el estado actual de la obra, no se observan avances que permitan tener claridad sobre una entrega para esa fecha.
La situación resulta especialmente relevante porque, mientras el proyecto vuelve a extender su plazo de ejecución, la Fundación Compañeros de Planeta sigue recibiendo animales y aumentando la cantidad de perros y gatos que necesitan atención.
Mientras tanto, la comunidad sigue poniendo parte de la solución. Una persona lleva comida, otra aporta dinero, un comercio ayuda con una donación, otra persona adopta y otra esteriliza. Así, entre pequeños aportes, la fundación continúa de pie.
Pero queda una pregunta difícil de ignorar: ¿puede una fundación particular cargar indefinidamente con un problema que afecta a toda una ciudad?
La propia Policía Ambiental también termina llegando a la fundación con animales que necesitan protección. Según Dianey, este año han recibido alrededor de 20 animales trasladados por esta institución. El problema, explica, es que no existe un espacio de bienestar animal donde puedan permanecer y, entonces, los animales terminan llegando nuevamente al mismo lugar: la fundación.
La misma que ya tiene casi 300 animales. La misma que necesita más infraestructura. La misma que necesita alimento. La misma que depende de las donaciones.
Para Dianey, construir más espacios no resolvería por sí solo el abandono. También hace falta evitar que los animales sigan llegando. Por eso insiste en la esterilización y en la responsabilidad de quienes deciden tener una mascota.
Porque tener cuatro, cinco o seis animales en una casa sin poder garantizar su cuidado también termina alimentando el problema. Hay familias que tienen varios animales que continúan reproduciéndose sin control, una situación que, según Dianey, no solo aumenta el número de animales abandonados, sino también la propagación de enfermedades.
La fundadora considera que Inírida necesita un plan de esterilización que permita atender a los animales del municipio y, en general, del departamento. También insiste en la necesidad de tratamientos veterinarios para enfermedades que requieren recursos que una fundación como la suya no siempre puede asumir.
Y hay una frase que resume buena parte de su preocupación:
“La calle no es un hogar de ningún perro ni de ningún gato.”

Quizás después de escuchar esta historia la pregunta no debería ser solamente quién va a alimentar a los animales que están hoy en la fundación. También habría que preguntarse por qué siguen llegando.
Cada perro que aparece enfermo, cada gato abandonado y cada camada que termina en la calle tiene detrás una decisión humana.
Para Dianey, uno de los problemas es que algunas personas han terminado viendo la fundación como un lugar al que pueden llevar sus animales cuando ya no quieren o no pueden hacerse cargo de ellos. Hay quienes dejan mascotas durante dos o tres meses mientras viajan o se trasladan y después simplemente no regresan por ellas.
También reciben llamadas desde diferentes comunidades para reportar perros enfermos o heridos. En ocasiones, los animales son abandonados porque sus propietarios no saben cómo tratar las enfermedades o no cuentan con los recursos para hacerlo.
Por eso, adoptar no debería ser un impulso ni una moda. Debería ser una decisión consciente, porque detrás de una mascota hay gastos, cuidados, tiempo, enfermedades, vacunas, esterilización y, sobre todo, una responsabilidad que no desaparece cuando llegan las vacaciones, cuando cambia la situación económica o cuando el animal se enferma.
Para Dianey, tener un animal algún día debería ser un privilegio, no algo que se tenga “por montones”.
Mientras tanto, en Tierra Alta, la fundación sigue haciendo espacio para los que llegan. La comunidad sigue ayudando. Los comercios que se han sumado siguen aportando. Dianey sigue enseñando en las aulas y, cuando termina su jornada, vuelve a ponerse al frente de una labor que no tiene horario.
Y los animales siguen esperando.
La pregunta es cuánto tiempo más podrá sostenerse esta historia solamente con la voluntad de quienes deciden ayudar.


