Julián Valdés, el vichadense (adoptivo) que busca rescatar la lutería.
Por Zussanny Jaimes
Fotos: Cortesía
Con apenas ocho años, Omar Julián Valdés Quintero ya tenía claro que su vida iba a girar alrededor de la música. Aunque nació en Puerto López (Meta), fue criado desde pequeño en Santa Rosalía, Vichada, donde su familia se asentó en una vereda. Allí, lejos de academias y conservatorios, empezó una historia marcada por la creatividad, la terquedad y la pasión por los instrumentos.
Su primer gran reto llegó cuando vio por primera vez un arpa en un bazar realizado en San Teodoro. Aquel instrumento, que consideró de los más difíciles, despertó en él una obsesión: construir uno propio. Sin cámaras, sin celulares y sin planos, observó cada detalle del arpa mientras el arpista tocaba. Contó cuerdas, analizó las clavijas, calculó medidas y memorizó su estructura. Tres días después, ya tenía armado el cajón del instrumento con tablas de mango cortadas en la finca. El resultado fue un arpa de aproximadamente 2,50 metros, hecha con puntillas visibles y cuerdas improvisadas con hilo de pescar.
Sin embargo, el entusiasmo chocó con la frustración. “Me daba tanta rabia porque yo no podía aprender”, recuerda. El arpa no afinaba bien, todas las cuerdas eran del mismo calibre y no existía conocimiento técnico para hacerla sonar como debía. Aun así, el intento no fue fracaso: fue el inicio de un oficio.

Tras esa experiencia, Julián fabricó un cuatro con caja armónica en totumo, instrumento que todavía elabora hoy. Aprendió a tocar escuchando música llanera en la radio, especialmente en los espacios donde sonaban contrapunteos. Con el tiempo, comenzó a estudiar más a fondo el mundo de la lutería, término que define el trabajo artesanal de fabricar y reparar instrumentos de cuerda y percusión.
Actualmente, desde Cumaral (Meta), Valdés se dedica a fabricar cuatros, bandolas, tiples, requintos, guitarras y otros instrumentos derivados de tradiciones regionales. Su trayectoria también lo llevó a Tauramena (Casanare), donde vivió tres años y encontró una fuerte demanda de bandolas, instrumento popular en esa zona. Sus ventas se extienden incluso a Boyacá, donde algunos músicos solicitan tiples o requintos para interpretar música llanera.
Uno de los sellos de su trabajo es la innovación. Valdés diseña instrumentos personalizados, alejándose de lo tradicional para atraer a los jóvenes. Cambia estilos, modifica detalles como la ubicación del hueco del cuatro y graba nombres o diseños únicos para cada cliente. “Como hay uno, no hay dos”, asegura.
Su oficio también está ligado al cuidado ambiental. Trabaja con cedro y maderas nativas del llano, resalta la riqueza natural de la región y promueve el uso de colores propios de cada madera sin necesidad de tintes. Además, protege árboles jóvenes, trasplanta especies y siembra totumos como forma de dejar huella.

Valdés asegura que su trabajo como lutier ha sido una forma de representar a Santa Rosalía y al departamento del Vichada, un territorio que, según cuenta, muchas veces es subestimado o poco visibilizado en escenarios nacionales. También señala que los fabricantes de instrumentos suelen quedar en segundo plano frente a los músicos que los interpretan. Por eso, su mayor sueño es “sacar del olvido a todos los lutieres de Colombia”, especialmente a quienes ejercen este oficio en regiones apartadas.
En su camino ha participado en procesos culturales y académicos como un taller de lutería en la Universidad de los Andes, al que fue invitado por el Ministerio de Cultura. Allí compartió espacio con otros maestros del oficio en una iniciativa orientada al rescate de la bandola llanera criolla maniseña. Para Valdés, este tipo de escenarios son clave para fortalecer la tradición y mostrar el valor cultural que existe en el Llano.
Actualmente, continúa gestionando oportunidades para asistir a eventos nacionales e internacionales, entre ellos una participación cultural en México, además de invitaciones a espacios como ferias artesanales en Medellín y Bogotá. Su mensaje, es especialmente para los jóvenes: el oficio exige paciencia. “Esto no es de afán”, insiste, explicando que la madera debe pasar por largos procesos de secado y que cada instrumento requiere tiempo, dedicación y respeto por la naturaleza. Para él, el esfuerzo y la dificultad también hacen parte del camino.
