Memorias de la creciente

Texto y fotos por Edwin Suárez

En Puerto Carreño, más de 2.800 familias vieron cómo el Meta, el Bita y el Orinoco recuperaron el espacio que alguna vez fue suyo. Entre casas sumergidas, animales rescatados y ayudas insuficientes, la creciente dejó al descubierto la fragilidad de una ciudad que aprendió a vivir entre aguas y sabanas.

I

Visto desde el aire, durante la temporada seca el río Bita es rebelde, un niño pataletoso que se resiste a abandonar el parque. Sus innumerables vueltas, muchas de ellas en “U”, que varias veces ponen la corriente hacia el occidente y no hacia el oriente como es natural en los ríos de esta parte de la Orinoquía colombiana, parecen manifestar una extraña resistencia a juntarse con el Orinoco. Cada vez que lo veo pienso: “¡Qué berraco, corre de mala gana por su cauce!”.

Pero hoy, 19 de agosto de 2025, no tiene márgenes. Sus desbordadas aguas penetran sabanas y bosque de galería. Sus orillas son difusas, su rebeldía menos notoria. Por estos días el Bita desemboca tranquilo en el Orinoco, un coloso que por la intensidad de las lluvias está más caudaloso que nunca.

Puerto Carreño, una pequeña ciudad ubicada en el extremo más oriental de Colombia y rodeada por los ríos Meta, Bita y Orinoco, lleva más de dos meses bajo el agua. Desde el 7 de junio, día en que se superó la cota de los 13 metros, que obliga a la Alcaldía a declarar alerta amarilla, el nivel del Orinoco subió, subió y subió. Hasta que el 31 de julio la creciente se detuvo.

Y fue así como, en una ciudad que puede tener 25.000 habitantes, 7.400 personas —el 30% de la población— y cientos de animales resultaron damnificados por una de las peores inundaciones en la historia de la localidad.

En la parte de abajo el río Bita. Al fondo, el Meta.
Así se veía el puerto de la ciudad durante los últimos días de la inundación.
Limpieza de las calles por parte de la Alcaldía luego de la inundación.

II

MONÓLOGO DE ALCIRA TORRES. 68 AÑOS. BARRIO SANTA TERESITA

Vivo en este barrio hace 20 años, en Puerto Carreño llevo 36. Ya son dos inundaciones. Esta fue muy dura, pero no como la del 2018, que fue terrible. Cuando el río se nos viene encima, es cuestión de horas. Se mete por la puerta o sale de la tierra. Se llena el pozo séptico y sale agua por las alcobas, por el baño o por el patio.

Este año mi casa se inundó el 17 de junio. Me acosté y no había agua. Me levanté a las cuatro de la mañana y estaba todo enlagunado. El agua había subido como cincuenta centímetros. Sentada en la cama, me puse a llorar de impotencia.

Lo primero que uno intenta salvar son las camas. Un colchón que no pude sacar, la solución fue colgarlo con lazos y dejarlo ahí durante toda la inundación. Pero hay muchas cosas que se pierden. Todo lo que tenga madera se daña. Si usted no quita las puertas, se pudren. Hasta la baldosa del piso o de los mesones de la cocina se desprende. Y se pierden cosas que uno atesora. A mí se me dañaron unos portarretratos, el río se llevó mis recuerdos.

Pero no es culpa del río, él está reclamando su terreno, el que le hemos arrebatado. Estos eran unos morichales, un humedal que se invadió y se construyó. ¿Para dónde más corre el río? Él tiene memoria.

Cuando el agua sube se alborota un olor a cañería, a picho. Aquí hay una contaminación terrible. El alcantarillado no sirve para nada. Mis vecinos que están conectados a ese sistema tuvieron que irse antes de inundarse porque el agua servida se empezó a devolver hacia las casas. El popó brotaba como lombrices. Ahora tenemos que desinfectar porque el agua contaminada duró muchos días en nuestras casas. Además, hay una epidemia de dengue y paludismo impresionante y los niños tienen fiebres, dolor en los huesos y las defensas bajitas. 

En este barrio la gente me tiene muy triste. Qué pesar que no tengo una grabación para mostrar eso tan inhumano que se hizo en Santa Teresita: dejaron los animales botados, toditos. Yo venía todos los días a alimentar doce gatos y catorce perros. El único que me donó comida fue el Mohán (Luis Fernando Herrera). 

La verdad es que ayudas no hubo. En situaciones como esta uno se pregunta: ¿Dónde están los parlamentarios, los senadores o el Presidente? ¿Dónde están esos políticos por los que uno votó? Lo único que recibí fueron $700.000 (175 dólares) de la Cruz Roja, un mercadito y apoyo de la policía para sacar el trasteo. Pero, insisto, la gente es inhumana: con esta inundación, quienes tuvimos que salir a buscar arriendo, encontrábamos los alquileres al doble de precio: una casa de $600.000 en más de un millón. A mí me tocó meterme en un apartamento que acababan de desocupar, sin pintar, sin nada, y pagar carísimo.

Ahora nos toca reparar todo. Ojalá nos ayuden con cemento y pintura, al menos. Tenemos que seguir adelante de cualquier modo, esta es nuestra casa, el trabajo de 20 años. Ahora me toca pintar, desinfectar y arreglar… qué más, es lo que toca.

Una inundación le cambia a uno la vida. Yo quisiera irme, vender la casa. Pero a esta edad qué voy a hacer, seguir acá. Lo peor es pensar en que la próxima inundación tal vez ya no sea dentro de siete años sino en dos, o empecemos a inundarnos todos los años. Yo ya no duermo tranquila. Ya no. 

Alcira junto a su vivienda.
Barrio Santa Teresita.

MONÓLOGO DE MARCO ANTONIO MALPICA. 70 AÑOS. BARRIO PUNTA DE LAJA

Yo supe que este año habría una creciente grande de los ríos de Puerto Carreño cuando vi las arribazones de bocón (un pez tradicional en la región). Ahí me di cuenta de que tenía que poner a salvo las matas de mi vivero, pero no alcancé a sacarlas todas porque el Orinoco creció muy rápido. Se me murió la mitad. Me quedaron unas dos mil.

Pero esta situación también me dio una oportunidad. Me dediqué a pasar a la gente en una embarcación que tengo. Me salió un contratico con la Oficina de Migración para transportar los celadores: desde la orilla hasta la balsa migratoria. 

A mí el río me da sustento siempre. Yo vivo de él: pesco, hago turismo, recojo en sus riberas la semilla de mis plantas y la tierra para cultivarlas. Entonces, como ve, yo vivo del río incluso en la inundación.

Marco Antonio en su bote.
Marco Antonio junto a su casa del barrio Punta de Laja.

MONÓLOGO DE CARLOS CORREAL. 58 AÑOS. BARRIO PUNTA DE LAJA

No podemos culpar al río por la inundación. Yo soy pescador y aunque con la creciente no pude pescar porque los peces se van, el río para mí es todo. 

Claro que la inundación nos afectó de muchas maneras: nuestros hijos tenían dificultades para ir al colegio porque la calle de acceso al barrio quedó bajo el agua y mi casa se inundó hasta la mitad, tuvimos que hacer un rancho de madera y plástico en la parte alta de la piedra que está en nuestro lote, y eso cuesta dinero.  

Ahora, si no trabajo no tengo ingresos, y fueron más de dos meses de inundación. Yo quedé con muchas deudas. Pero no tengo ningún sentimiento de rabia hacia el río; más bien, no puedo vivir fuera de él.

Carlos Correal en su casa en Punta de Laja.

MONÓLOGO DE LUIS FERNANDO HERRERA ‘EL MOHÁN’. ARTESANO Y ANIMALISTA

Yo soy hijo del Orinoco, por eso ya estoy preparado, ya sé en qué fecha se mete el río. Si el río está muy arriba a principios de junio, es evidente la inundación. Uno espera, espera para no cerrar el negocio. Es el río es que le dice a uno: «Hermano, váyase porque ya me lo voy a meter con toda y usted aquí se va a joder». Cuando el río empieza a crecer el agua empieza clara. Pero la gente es cochina, limpian pescado y botan basura, entonces comienza el mal olor. Nosotros aguantamos con los perros callejeros del puerto, que los teníamos en la terraza, hasta el 4 de julio.

Como las autoridades, el alcalde no hizo nada por los animales, empezamos a rescatar los perros, los gatos, las culebras y los animales silvestres. Todo el tiempo me llamaban, que una chucha (zarigüeya) acá, que otra allá. Por eso nos invitaron a participar en la Mesa de Bienestar Animal. Fuimos, pero nos salimos porque íbamos a recorrer los barrios inundados, nos metíamos con Erika a las casas —a ella le dio herpes zóster por estar en esas aguas pichas y a mi dengue—, hacíamos todo el trabajo y los funcionarios desde la canoa felices tomando fotos para luego ganar protagonismo con eso. No nos dieron ni siquiera una dotación. Yo les decía: “necesito al menos unos zapatos porque me estoy metiendo descalzo y hay muchos vidrios y puntillas”. No, esa gente, hermano, no tiene voluntad de nada. 

De verdad, frente a los animales hizo falta mayor compromiso. Se debió castigar, con la Ley Ángel (de protección animal) a la gente que dejó las mascotas abandonadas. En uno de esos recorridos por los barrios inundados en busca de animales encerrados —porque dejaban los perros, los gatos bajo llave en esas casas llenas de agua­, encontramos un caballo muerto. Lo habían amarrado a un árbol. Quién sabe cuánto tiempo sufrió ese animalito ahí, hermano. Imagino su desespero viendo cómo el río iba creciendo suavecito. ¿Cuántos días? Una, dos semanas sufriendo ese caballito de calambres; qué desesperación; qué sufrimiento.

Se hizo el reporte, pero dijeron no, eso es mejor no meternos en problemas. Les propusimos buscar el dueño a través del hierro (la marca del animal) pero un veterinario de la Gobernación de Vichada dijo que era mejor no perder el tiempo con eso. Y eso fue todo lo que hicieron. Ellos tenían que hacer el levantamiento, averiguar qué pasó. Nuestra pelea era, tiene que haber un castigo por esto. Ellos por salubridad, hermano, tenían que sacar el cuerpo de ahí. Un caballo podrido en el agua por donde la gente está caminando o incluso bebiéndose, eso es negligencia e inoperancia.

Erika y yo decidimos seguir trabajando solos. La empresa privada, algunos amigos nos apoyaron con comida para los animales. Somos, prácticamente, los que sostenemos la red de apoyo de la Alcaldía (un mecanismo para que las personas apadrinen y alimenten los perros callejeros o abandonados). La gente me busca a mí porque es insuficiente la purina que suministran desde la entidad. Hemos repartido más de tres toneladas de alimento desde que inició la inundación.

Local de artesanías de Luis Fernando en el centro de Puerto Carreño.
Así se veía el puerto de la ciudad durante los últimos días de la inundación.

MONÓLOGO DE ERIKA GÓMEZ. LICENCIADA EN BIOLOGÍA. COORDINADORA LOGÍSTICA DE LA FUNDACIÓN OMACHA, REPRESENTANTE LEGAL DE LA FUNDACIÓN YÁHUI Y PRESIDENTA DE LA JUNTA DEFENSORA DE ANIMALES DEL MUNICIPIO DE PUERTO CARREÑO

La inundación ha sido catastrófica para los animales, principalmente para los domésticos, porque Puerto Carreño es una ciudad que no está preparada para estas emergencias a nivel gubernamental. Es un escenario que deja a los más vulnerables en una difícil situación, y los animales no son la excepción. 

El problema, además, es que hay sobrepoblación de felinos y caninos, sobre todo caninos. Mucho animal en condición de calle. Si nadie vela por ellos en mejores tiempos, mucho menos en una inundación. 

En cuanto a la fauna silvestre, pues estamos hablando de un fenómeno que es natural hasta cierto punto. La Orinoquía, así como la Amazonía, se caracteriza por los pulsos de inundación. Se llama así, pulsos de inundación. Y las especies se adaptan a eso. Por ejemplo, en la Fundación Omacha, que administra la Reserva Natural Bojonawi, vemos cómo se viven esos pulsos. Durante la temporada seca todo el nivel de los cuerpos de agua baja, pero siempre hay agua. Entonces, los animales empiezan a ubicarse en esas zonas donde están los cuerpos de agua. La vida siempre va a estar asociada al agua. 

Cuando es invierno, todos buscan tierra firme. Afortunadamente el llano tiene la sabana y los bosques de galería. Uno puede ver cómo los animales empiezan a migrar, y no lo hacen cuando ya el agua les llegó, porque afortunadamente aquí el pulso de inundación da aviso. Los animales obviamente tienen un instinto más desarrollado y con tiempo empiezan a hacer sus transiciones. Uno puede ver eso con monitoreo, con foto trampeo: está pasando el jaguar buscando tierra alta y serpientes cerca de las casas o zonas secas, es porque ya llega la inundación.

Eso es en una reserva natural donde no hay presión humana. ¿Pero qué pasa en una ciudad como Puerto Carreño? Acá estamos rodeados de humedales, que es a lo que la gente no logra adaptarse y no entiende la importancia de estos lugares. Entonces, las especies empiezan a movilizarse, a buscar tierra firme, llegan a las casas o se acercan mucho y la gente por temor y desconocimiento empiezan a matarlas. En la mente de la mayoría de las personas todas las serpientes son venenosas, y más si están metidas en el agua. Mataban, mataban y mataban, pese a que se hicieron campañas junto con la Corporación Ambiental, la Alcaldía y la Gobernación.

Otros animales también llegaron: tortugas —a esta especie la gente no le tiene miedo—, aves o incluso un jaguarundi, un animal rarísimo de ver. Lo pudieron haber matado los perros. Afortunadamente los bomberos y la policía actuaron rápidamente.  Nosotros desde nuestra Fundación salvamos muchas serpientes, las rescatamos gracias al llamado de la comunidad. En esta inundación se liberaron más de veinte animales en Bojonawi: serpientes, tortugas, el felino, un oso melero y varias aves. 

El rastro del nivel del agua en una casa junto al puerto de la ciudad.
Asentamientos indígenas detrás del Cerro de la Bandera.

MONÓLOGO DE NIXON CÁRDENAS. 43 AÑOS. VICEPRESIDENTE DE LA JUNTA DE ACCIÓN COMUNAL DEL BARRIO SANTA TERESITA

Yo toda mi vida he vivido en este barrio. Nosotros acá contamos con el humedal Laguna de Mora, el problema es que se han talado el 70% de sus árboles a lo largo de cuarenta o cincuenta años. Y durante la época de verano se le prende fuego, lo que provoca su pérdida de capacidad de retener las aguas. Es decir, la inundación es una consecuencia por no cuidar las barreras naturales que tenemos. 

Mi mamá, de 78 años, y yo, fuimos unos de los primeros en verse afectados por la creciente. Es difícil ver cómo los vecinos se van inundando y van saliendo. Uno espera hasta el último momento, rogando que no llegue el agua, pero llega y toca salir. 

Una inundación como esta le cambia a uno la vida. Ahora vivimos con la incertidumbre de si el próximo año va a ser igual. Uno le invierte económicamente a las casas para arreglar los daños provocados por el agua. ¿Será que sí le invierto uno o dos millones? ¿O será que el otro año vuelve y crece igual? 

Nixon Cárdenas.

MONÓLOGO DE VÍCTOR MANUEL HERNÁNDEZ. PRESIDENTE DE LA JUNTA DE ACCIÓN COMUNAL DEL BARRIO SANTA TERESITA 

En esta comunidad tuvimos un total de 359 familias damnificadas. El barrio Santa Teresita se inundó todo. Para prevenir futuras inundaciones nos toca buscar soluciones, levantar las vías, metiéndole un relleno mejora un poquito. Anteriormente por aquí pasaba una quebrada, eran como unos morichales. Pero a través del tiempo se fue rellenando, rellenando y se fue alejando un poco el agua, pero falta más. 

Víctor Hernández.
Así se veía una de las calles de Santa Teresita durante los últimos días de la inundación.

MONÓLOGO DE WILLIAM MARIÑO. 30 AÑOS. PRESIDENTE DE LA JUNTA DE ACCIÓN COMUNAL DEL BARRIO PUNTA DE LAJA

Punta de Laja es uno de los barrios que está directamente sobre la ribera del río Orinoco, nos pega muy duro la corriente, por eso acá la inundación fue crítica. De manera directa tuvimos 25 familias afectadas, de las 95 que aproximadamente vivimos en el barrio. Pero de manera indirecta toda la comunidad resultó perjudicada porque quedamos aislados, se inundó nuestra única calle de acceso. Para conectar con la ciudad tuvimos que utilizar canoas o una vía terciaria que representa muchos riesgos de accidente.

Nosotros como comunidad trabajamos articuladamente para ayudarnos en medio de la emergencia. Los primeros vecinos en inundarse los reubicamos en algunos corredores de las viviendas secas o con habitaciones desocupadas, dándole prioridad a las familias con niños y personas de la tercera edad. Con recursos propios también compramos plásticos para armar refugios.

En general, nos colaboramos mucho. Destaco, por ejemplo, la ayuda de Euclides García, quien ante el silencio de la Gobernación o la Secretaría de Educación Departamental, gratuitamente transportó en su embarcación a más de 30 niños entre semana a las cinco de la mañana hasta tierra firme en el sector del puerto para que la ruta escolar los recogiera. A la una de la tarde los traía de regreso a casa. Y ante la imposibilidad de acceso para el camión de la basura, él sacó nuestros residuos durante toda la emergencia.  

Por parte de las autoridades, este barrio ha sido excluido. El nivel del río ya bajó, está todo limpio por voluntad de la comunidad que se ha organizado para lavar las vías. Pero nadie ha venido a inspeccionar el estado de las viviendas para ofrecer un mejoramiento, al menos la pintura.

Yo sí creo que las entidades gubernamentales de todos los niveles deben prestarle atención a esto y mirar cómo mitigar esta problemática invernal que ahora se presenta con más frecuencia.

William Mariño.
Barrio Punta de Laja.

MONÓLOGO DE JAIME RODRÍGUEZ – ALCALDE DE PUERTO CARREÑO

La tragedia fue bastante caótica. Decir hoy que tenemos 2.500 viviendas bajo el agua es preocupante. Llegamos a cerca de 2.800 familias damnificadas: más de 7.000 personas. El nivel del río llegó a los quince metros con cincuenta centímetros. 

Como ser humano, uno sufre porque quisiera llegarles con ayuda a todos, darles una vivienda a todas estas personas. Ver a estas familias que no quieren salir porque saben que los delincuentes llegan a robarles las láminas de zinc, a robarles todo.

Yo le decía a una señora en Santa Teresita: «Madre, ¿y por qué usted no se fue cuando dieron las casas de Villa Juliana?». Y ella con lágrimas en los ojos me responde: “señor alcalde, aquí donde yo vivo, esto no es una casa, es un hogar que yo he construido con mi esposo bloque a bloque, piedra a piedra, lámina a lámina, durante veinte años”. Y tienen toda la razón, no quieren irse a vivir a una casita de cincuenta metros cuadrados cuando ellos viven en un lugar donde tienen gallinas, un cerdito o matas de plátano y yuca que ayudan a la canasta familiar. Otro señor, inválido, me dijo que así tuviera que ahogarse ahí, pero que él no se salía de su casita porque se la desvalijaban y era lo único que tenía. La gente tiene arraigo. Son viviendas que no tienen un precio porque el valor sentimental es incalculable. 

Una de las decisiones más difíciles que tuve que tomar durante esta emergencia fue la de no habilitar albergues temporales. Todos los días me recriminaban por eso. Esas son decisiones en las que a usted le toca endurecer el corazón y decir «no puedo porque no tengo cómo llevar un sistema de acueducto, para darles agua potable o un lugar adecuado dónde cocinar. O por la gran cantidad de enfermedades que en el momento había: diarrea y dengue”. Los refugios se dejaron como la última opción, pero era duro saber que había personas que no se salían de sus casas porque no tenían a dónde ir, y nosotros no poder darles ese albergue temporal.

Jaime Rodríguez, alcalde de Puerto Carreño.

III

Desde La Bandera,
cerro insigne de Puerto Carreño,
perplejo, durante una de las últimas tardes de agosto,
dimensiono por última vez la tragedia.
Pienso en la desazón de los damnificados,
el desespero de los animales,
y las preguntas sin respuesta
que deja esta creciente.

Desde La Bandera,
el punto más alto de la ciudad,
miro a Venezuela detrás del Orinoco.
El río, vasto y sereno, parece no guardar memoria
de las casas sumergidas ni de las vidas alteradas.
Pero abajo, en las calles aún húmedas,
la gente sabe que el agua regresa,
que cada creciente trae consigo la amenaza
de volver a empezar de cero.

Desde La Bandera,
comprendo que el río es
el pulso mismo de la Orinoquía.
Y me pregunto:
seremos capaces de escuchar su advertencia,
o, como siempre,
seguiremos construyendo sobre el cauce de su memoria.

Cerro de la Bandera.
Cerro de la Bandera.

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