Entre ríos y selva: una década de desnutrición infantil
Escrito por: Karla Acosta*
En el corazón selvático de Colombia, donde los ríos son autopistas y la selva parece infinita, se ubica Guainía, un departamento que, pese a su riqueza natural y cultural, enfrenta una de las realidades más dolorosas y persistentes: la desnutrición infantil. Este problema, siendo uno de los más graves, no solo en Colombia, el mundo entero es víctima de esta problemática social e infantil que hoy en día nadie ha querido solucionar, documentado desde hace años, no es solo una cuestión de falta de alimento; es el reflejo de profundas desigualdades históricas, la ausencia e irresponsabilidad prolongada del Estado y la vulnerabilidad de comunidades indígenas que han visto cómo sus saberes y formas de subsistencia se erosionan.
Entre 2015 y 2025, los informes han coincidido en un hecho alarmante: los niños y niñas de Guainía continúan expuestos a un riesgo crítico para su salud y desarrollo. Solo en 2025, se identificaron 26 menores en situación de desnutrición, de los cuales el 62% pertenece a las comunidades sikuani y piapoco. La mayoría tiene entre 6 meses y 2 años, y presenta cuadros que van desde la desnutrición aguda moderada hasta la severa. Las cifras oficiales son contundentes, pero lo que no revelan es el peso emocional, social y cultural que esta crisis deja en familias y comunidades enteras.
Diez años en cifras y realidades
El recorrido por la última década revela un patrón preocupante. En 2015, las alertas tempranas emitidas por el Instituto Nacional de Salud (INS) (Instituto Nacional de Salud, 2015) indicaban que Guainía estaba por encima del promedio nacional en desnutrición crónica en menores de cinco años. Los factores eran claros: aislamiento geográfico, limitado acceso a centros de salud, escasez de personal médico, y un sistema de transporte que, en época de lluvias, se reduce casi exclusivamente a transporte fluvial, encareciendo el acceso a alimentos nutritivos.
Para 2017, la Defensoría del Pueblo y el DANE confirmaron que más del 30% de la población indígena en el departamento vivía en inseguridad alimentaria severa. Las comunidades curripaco, puinave y piapoco, entre otras, denunciaron ayudas tardías, insuficientes y ajenas a sus prácticas agrícolas y pesqueras, claves para su soberanía alimentaria.
En 2020, con la llegada de la pandemia por COVID-19, la situación se agravó. El cierre de rutas de transporte y el colapso de la economía local —basada en el comercio fluvial y la pequeña agricultura— dejó a muchas familias sin ingresos para complementar su dieta. El INS reportó un aumento del 18% en casos de desnutrición aguda con respecto al año anterior, una cifra que, según líderes indígenas, “esconde una tragedia mayor porque no todos los casos son reportados”.
El 2022 marcó un momento de tensión: la Procuraduría General alertó sobre la muerte de varios niños por causas asociadas a la desnutrición, y señaló deficiencias graves en la articulación entre las secretarías de salud departamentales y el ICBF. Organizaciones como la Misión Médica de la Cruz Roja denunciaron que el sistema de referencia y contrarreferencia para pacientes pediátricos estaba colapsado, obligando a las familias a viajar días enteros para encontrar atención especializada.
En 2023 y 2024, nuevos reportes del Ministerio de Salud señalaron ligeras mejoras en cobertura de atención primaria gracias a programas de brigadas médicas móviles y el refuerzo de raciones del Programa de Alimentación Escolar (PAE). Sin embargo, estas mejoras no fueron suficientes para reducir significativamente la tasa de desnutrición crónica, que sigue superando el 20%. La falta de infraestructura hospitalaria en Inírida y la carencia de personal capacitado en nutrición siguen siendo barreras enormes.
2025: más allá de la asistencia alimentaria
Hoy, Guainía enfrenta un dilema que va más allá de la asistencia alimentaria: garantizar que sus niños crezcan sanos implica también proteger sus territorios, sus fuentes de alimento tradicionales y sus conocimientos ancestrales. Los líderes comunitarios insisten en que no se trata solo de enviar comida, sino de fomentar proyectos que permitan a las comunidades producir y acceder a sus propios alimentos nutritivos. Iniciativas como huertas comunitarias, pesca sostenible y programas de intercambio de semillas están mostrando resultados prometedores, pero requieren apoyo constante y a largo plazo.
El reto ahora es doble: atender la urgencia de los niños que hoy sufren desnutrición y, al mismo tiempo, romper el ciclo de dependencia y olvido institucional. Como dijo recientemente una lideresa puinave en una asamblea comunitaria: “Un niño que pasa hambre no solo pierde peso, pierde futuro, pierde lengua, pierde cultura”.
Un compromiso que debe ser nacional
La desnutrición infantil en Guainía no es un fenómeno aislado ni coyuntural; es la consecuencia de años de desconexión entre las políticas nacionales y las realidades locales. El aislamiento geográfico no puede seguir siendo excusa para la inacción. Las comunidades indígenas han demostrado tener soluciones viables, pero necesitan aliados sólidos que respeten sus saberes y les brinden recursos para implementarlas.
En un país que presume de su diversidad, no puede ser aceptable que la selva más biodiversa del mundo sea, al mismo tiempo, un escenario de hambre para sus niños. El mensaje es claro: la lucha contra la desnutrición en Guainía debe ser un compromiso nacional, sostenido y respetuoso, donde cada acción tenga como norte no solo la supervivencia, sino la dignidad y el derecho pleno a un futuro saludable.
*Karla Acosta: estudiante de la Licenciatura en Tecnología con énfasis en Comunicación e Informática Educativa de la Universidad Tecnológica de Pereira, fotógrafa y diseñadora gráfica de la ciudad de Pereira, Risaralda y miembro de la Fundación Cultural Llano Adnetro.
