Las charapas conquistan las playas del río Meta y los corazones de los padres adoptivos que las protegen

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Por Javier Silva - WCS

Todos los años, entre enero y abril, cientos de tortugas adultas de la especie ponen sus huevos en las playas que quedan al descubierto a orillas del caudal. De esos nidos nacerán, en aproximadamente dos meses, miles de tortuguillos. Un grupo de personas de la vereda Santa María de La Virgen, en Cravo Norte (Arauca), está monitoreando voluntariamente este evento natural, un ejercicio que aporta a la conservación del reptil, catalogado ‘En Peligro Crítico’ de extinción.

Para Elauterio Puerta, quien comenzó a trabajar su tierra en la vereda Santa María de La Virgen, de Cravo Norte (Arauca), hace 18 años, esta es la época del año más esperada. Es su favorita, por ser muy singular y porque involucra a una especie que recientemente él se ha empeñado en cuidar: la tortuga charapa.

Cientos de ellas, las más grandes, las adultas, que han estado viviendo en el fondo del río Meta durante casi todo el año, inician la postura de sus huevos en las orillas del caudal, pues este baja el nivel de sus aguas y deja muchas playas al descubierto como consecuencia de la temporada seca o de pocas lluvias. 

Elauterio siempre ha estado atento a presenciar este evento natural, que se consolida en enero y se prolonga, al menos, hasta abril. Y aún se asombra, esto a pesar del paso del tiempo, y porque es un acontecimiento periódico, seguro y exacto, como cualquier atardecer.

—Y que no podemos dejar acabar. La tortuga es nuestra, o mejor, siempre ha hecho parte de nuestra vida en el campo—, dice.

En medio de su trasegar, Elauterio cuenta que hace años era usual que algunas personas aprovecharan este momento en el que las charapas salen a desovar, para capturarlas, con lo que poco a poco fueron diezmando sus poblaciones.  

—También las cazaban para venderlas, comerlas, o para aprovechar sus huevos, según la necesidad. Pero aquí en La Virgen, hemos bregado, desde hace muchos años, para que eso no pase. Y menos ahora que hay una zona de ‘cuido’— opina.

Con esa “zona de cuido” se refiere a 40 kilómetros de playas que han sido escogidos por el Proyecto Vida Silvestre (PVS)* para que sean monitoreados por un representante de 10 familias de la vereda, a quienes acompañan profesionales de esta misma iniciativa. Una labor que incluye la revisión de los nidos construidos por las tortugas y el seguimiento a su evolución hasta el nacimiento de los tortuguillos, alumbramiento que se produce, aproximadamente, dos meses después de cada postura.

También tienen a cargo el reporte de los cambotes, expresión con la que han sido denominadas esas reuniones de decenas (o cientos) de futuras madres charapa, que también, por estos días, salen a tomar el sol —así intentan darle un impulso a su metabolismo— y que desde lejos parecen como un apretujado conjunto de rocas gigantes y muy brillantes.

Todo este ejercicio de monitoreo voluntario acredita a sus protagonistas como los Padres Adoptivos de la Charapa, apelativo que los ha hecho cada vez más conscientes sobre la importancia de la Podocnemis expansa, nombre científico del reptil, que es, a su vez, la tortuga de río más grande de Suramérica.

Una especie trascendental para los ecosistemas, porque transporta frutos y semillas a lo largo de los ríos, actividad con la que ayuda a renovar su flora asociada y a sostener parte de la estabilidad de determinados hábitats. Es determinante, además, como alimento para aves, bagres, zorros, jaguares o caimanes, que también son clave en el equilibro ambiental.

Dos años de voluntariado

El Proyecto Vida Silvestre ha trabajado desde 2015 en la región. Y lo ha hecho, precisamente, para que las comunidades sean conscientes del valor de la especie, que hoy está catalogada como En Peligro Crítico de extinción, de acuerdo con los criterios del Libro Rojo de Reptiles de Colombia.

Inicialmente, a los ‘Padres Adoptivos’ se les entregaba un reconocimiento en dinero por cuidar a las tortugas. Pero fue solo hasta el año 2022 que se logró transformar este monitoreo comunitario en un ejercicio completamente voluntario. 

Camila Durán, especialista en Fauna de WCS, y quién lidera el trabajo por la charapa para el PVS, explica que los 40 kilómetros de playas están divididos en tres partes, denominadas ‘Alta’, ‘Baja’ y ‘Manatí’ (esta última en límites con el corregimiento de Nueva Antioquia, en el Vichada). En total, el área puede abarcar, al mismo tiempo, unas 19 playas estacionales. Hay nueve familias asignadas para las dos primeras zonas, las cuales se reparten los monitoreos semanalmente. Una más se encarga del sector ‘Manatí’.  Por ejemplo, Elauterio, está asignado al primer sector.  

—Yo generalmente salgo solo, pero a veces me acompaña Marta, mi esposa, o un nieto. Comenzamos a las 5:30 de la mañana y la jornada puede durar hasta las 11 del día. No es una labor fácil. Porque debemos caminar bajo el sol y sobre una arena floja y profunda, que no deja dar pasos con facilidad. Y se requiere buen estado físico—.

Las familias comprometidas firmaron acuerdos de conservación y recibieron toda la información científica sobre las charapas. Y fueron capacitadas para manejar un GPS, aparato que les permite situar los nidos geográficamente, sin necesidad de marcarlos a través de estacas u otras señales. Esto es importante, porque la nidada no queda expuesta públicamente o en zonas donde en el pasado han sido reportados saqueos.

—En cada temporada, como la de ahora, nace un interés muy marcado entre la comunidad por saber cuántos nidos podrían aparecer durante la temporada y cuántos resultarán exitosos. Y, también, por comprobar si las estrategias de conservación, y todo el esfuerzo invertido, darán resultado, tendrán un efecto en la defensa de la tortuga y en la consolidación de su zona de protección— agrega Camila.

¿Incredulidad o ilusión?

En medio de la expectativa general, Elauterio también está confiado —como también lo están todos los biólogos que acompañan su labor— en que la del 2024 será una buena temporada, que arrojará abundantes registros. Como el año pasado, cuando fueron contabilizados 764 nidos —cada tortuga hace un solo desove y pone 80 huevos promedio, de los que nacen un número similar de tortuguillos—. En el 2022, por su parte, se contaron con 549 nidos.

Pero a veces lo distrae una inquietud. Y es que el invierno que precedió a esta época del año, y que terminó a mediados del pasado diciembre, no fue tan fuerte como en otras épocas.

—Pasó un invierno como ‘veranoso’ y el río se vio más bien bajito—, comenta Elauterio.

Y cuando esto pasa, dice la tradición oral, a veces no salen tantas tortugas. Incluso la pesca también disminuye.

Pero Elauterio, con su mente divida entre la incredulidad y la ilusión, lanza una frase que destruye cualquier desaliento.

—Es cierto que nosotros conocemos el clima, y que somos capaces de intuir lo que puede llegar a pasar. Pero debemos esperar. A lo mejor vamos a ver muchas. Porque, ¿quién ha dicho que las tortugas hacen caso a las cabañuelas?

*El Proyecto Vida Silvestre, iniciativa liderada por Ecopetrol, Fondo Acción y WCS Colombia, trabaja por la conservación de 15 especies (doce de fauna y tres de flora). Lo hace en tres paisajes: los Llanos Orientales, el Magdalena Medio y el piedemonte Andino-Amazónico (Putumayo).

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Columnista invitado

Las opiniones expresadas por los columnistas son personales, y por tal motivo su responsabilidad. Los artículos de opinión no representan la posición editorial de EL MORICHAL.
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