Hundirse en la propia miseria

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Por Ancízar Cadavid Restrepo

A los pueblos que han estado hundidos históricamente en el abandono, en las carencias, en las negaciones, en la explotación económica y en el más absurdo oprobio social les espera o emerger o hundirse más. Nunca lo que ha empezado a hundirse se queda a media camino, como quien dice medio hundido: o rueda en su loca caída hacia el oscuro abismo o emerge hacia condiciones de dignidad y de equidad. 

Al ritmo del paso de los años después de mi salida del Guainía y sin comunicación fluida con sus gentes, fui optando por creer que el Guainía emerge de su nada. Que lo que el ojo registra en sus calles, sus anchas avenidas, sus muchos motores rodando, sus hoteles y sus asfaltos equivale, así mismo, a bienestar para sus pueblos, a reconocimiento de sus plurales culturas y lenguas, a una alfabetización universal bilingüe, a salud, educación, recreación, acceso a los bienes de la cultura, en fin, a que la cantadísima democracia se hace real y amable en estas inmensidades que siguen estando bajamente pobladas. Creía mi ojo ingenuo que había valido la pena ser misioneros perseguidos, encarcelados y expulsados 41 años atrás.

En marzo de 1980 hubo elecciones de concejos municipales y asambleas departamentales en todo el territorio nacional. También las hubo en el Guainía. Conocedor de la vieja perversión de la democracia que permitía a los jefes de los partidos tradicionales traer cautivos a los indígenas desde sus lejanos caseríos, unos en barcas liberales, otros en barcas conservadoras, de encarcelarlos en malocas improvisadas a orillas del río Inírida hasta dos días con sus noches, de secuestrarles sus cédulas, de privarlos de agua y de comida casi absolutamente, el equipo misionero se organizó como equipo de periodismo que retrataría y grabaría testimonios de la gran vergüenza. El día de las votaciones estuvimos presentes en los distintos puestos. Famélicas, llegaban sombras de mujeres con bebés atados a la espalda, y de hombres con caras de vergüenza, humillación y desconsuelo. Estábamos fotografiando, grabando, tomando nota, cuando nos llegó con interrogatorio un comandante militar, que quiénes éramos, que qué hacíamos, que eso era subversión, que no, que eso era periodismo le decíamos nosotros, que con eso le hacíamos daño a la patria, nos decía y nosotros le replicábamos que la patria viva son las personas connacionales y que, según nuestro parecer, les estaban humillando.

Ese hecho y otras tareas que cumplíamos como misioneros que en la legislación indigenista vigente éramos declarados defensores y abogados de los derechos de los pueblos indígenas, nos acarrearon, siete meses después, persecución, encarcelamiento y enjuiciamiento como subversivos, como perturbadores del orden público y enemigos de la paz nacional. No ellos, los abusadores de pueblos indígenas enteros, sino nosotros, los defensores de esos pueblos burlados, éramos declarados subversivos por la rara alquimia política de la democracia colombiana.

También esa vez creyeron nuestras miradas ingenuas que las contumelias sufridas tendrían su sentido, que, por obra y gracia de las denuncias, los aparatos de control de la nación se fijarían en este territorio abandonado y esa costumbre se abortaría para siempre. ¡Pues que no! Ni en el Guainía ni en ninguna parte del país cambiaron las cosas. Hubo después de ese marzo la Asamblea Nacional Constituyente y la nueva Constitución Política de Colombia, la de 1991. Han pasado 42 años y las elecciones de cada rato siguen siendo una farsa, una burla, una patraña, una careta para fingir ante el mundo que aquí hay democracia. El mandato en toda Colombia es la compraventa de conciencias y de votos, la corrupción del que se vende y del que le compra es la ley, el hurto de los resultados en la boca ardiente de las urnas mismas es lo mandado, la manipulación de jurados y de testigos es la norma moral, la manipulación de formularios es la acción bendecida.

Y, como si no hubiera habido un equipo misionero que entre 1979 y 1983 se las jugó todas porque los pueblos indígenas no fueran más un vulgar objeto de uso para beneficio del sucio negocio electoral, en las elecciones recientes, en las del 29 de octubre de este 2023, los indígenas fueron traídos una vez más como corderos llevados al matadero, fueron encerrados en corrales, fueron puestos a prueba de sed y de agua, fueron llevados a votar con tarjetones que no saben manejar y por candidatos a los que no les conocen ni la voz, ni el rostro, ni los oscuros intereses. ¿Perdimos nuestras luchas y riesgos de hace tanto tiempo? Lo cierto es que el Guainía se sigue hundiendo en los más abyectos socavones de la miseria política.

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Columnista invitado

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One thought on “Hundirse en la propia miseria

  1. No solo el Guainía. Todos los antiguos hoy denominados la <> sobreviven a la violencia política que dejan el abandono y la desidia de grupos dueños de la voluntad electoral de sus habitantes. En estos territorios ricos en cultura, minerales, fauna, flora, hídrica etc. solo encontramos pobreza, necesidad y hambre. Triste reconocerlo pero somos el reflejo de una sociedad tímida, analfabeta, abandonada y olvidada a pesar de su inmensa riqueza.

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