¿Hay vida después de la muerte?

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Por: Ancízar Cadavid Restrepo

Cuando, en diciembre de 1982, el soberbio obispo de Mitú me ordenó abandonar Inírida, a medianoche, al escondido de la comunidad parroquial y sin un peso en el bolsillo para llegar hasta Medellín, navegué el Guaviare, aguas arriba rumbo a Minas, donde el padre Luis Grajales, hombre de buen corazón, me acogería; en ese largo trayecto bajo el sol quemante sentí, más que ira, miedo a la temprana muerte. Obedecer de esa manera a un jerarca, sin lógica y sin racionalidad alguna, era la muerte eclesiástica a los 33 años, la muerte emocional, la muerte de los sueños pastorales.

Una vez en Medellín, a pesar de la acogida y comprensión de mis padres y hermanos, estuve sombrío y cabizbajo. No quería iglesia, ni obediencia, ni nuevos encargos pastorales. Acepté, sin embargo, tras los muchos ruegos y ofertas del superior religioso, una misión en Ecuador. Corría el primer mes de 1983 cuando viajé con destino a Cuenca en el Sur del vecino país. El equipo local me entregó la parroquia rural y lejana de Chaucha: cuatro horas de trocha medio carreteable hasta alcanzar el páramo, luego cuatro a cinco horas de camino, siempre bajando hasta alcanzar un paraje, San Gabriel de Chaucha, desde el cual se veían los arreboles del mar Pacífico. Viajé, pues, con mi desencanto a cuestas, desde las inmensas selvas del Guainía amazónico hasta una arisca cordillera en el corazón de los Andes.  

A las tres semanas de estar allí, yendo y viniendo de visita por trece distantes comunidades, conociendo sus muchas carencias, su eterno abandono, conversando con sus acentuadas desesperanzas, nuevos fuegos volvieron a encenderse en mi alma de misionero todavía joven. Por ese camino se dio en mi alma deshecha, bien leídas las cosas, un retorno de la muerte a la vida. El milagro lo hicieron, como siempre sucede en circunstancias similares, el encuentro con las gentes campesinas, el abrazo con niñas y niños, con jóvenes, con personas adultas y con personas mayores, el oído atento a sus muchas preguntas, el corazón vuelto hacia sus cotidianas necesidades sin remedio, la creatividad puesta al servicio de buscar nuevos caminos y eficientes soluciones. Esa resurrección -eso fue en términos exactos el nuevo salto que di de la muerte a la vida- empezó a dar sus frutos: se fortalecieron procesos de tiendas comunitarias, se formó un grupo de jóvenes con el compromiso de animar la vida comunitaria y su religiosidad, pelecharon procesos de articulación entre fe y política, se anudaron liderazgos populares del campo y la ciudad, los sacramentos hablaron los lenguajes autóctonos, se despojó de pompas la misa y el poncho andino se adoptó como vestidura litúrgica, las personas se volvieron más comunicativas y se apropiaron de los ritos, el culto se transformó en fiesta y conversación, se fortaleció la comunidad como un tejido multicolor de hermanas y hermanos con sus múltiples formas de sentir la vida.

¡Claro que hay vida después de la muerte! Hoy, a la distancia, -han pasado 40 años- pienso en ustedes, habitantes de Inírida y el Guainía, mi primera parcela misionera. Tal vez muchas cosas del orden material se han transformado en la capital. Me cuentan los visitantes de por estos días que ahora hay buena infraestructura vial, que ha habido expansión urbanizadora, que el aeropuerto cuenta con una pista segura, que abundan motos y carros, que los turistas encuentran variada oferta hotelera, que hay un número plural de confesiones religiosas y que la iglesia católica tiene varios templos… Pero los que miran con mirada profunda vuelven desencantados: pocas cosas han cambiado en las condiciones sociales, económicas y de bienestar básico de las personas más pobres. Las fuentes y caños, todos cristalinos y castos hace 40 años, hoy son pozos de contaminación y podredumbre, recipientes de las basuras nefastas que deja el mercado neoliberal, que a los indígenas todavía los traen con engaños y casi maniatados a votar por políticos que no conocen y a los que no les deben el más mínimo beneficio comunitario. Que todavía hay habitantes de primera, de segunda, de tercera y de última categoría. 

¿Saben que aprendí de mi dura crisis de 1982, ésa que me llevó a los abismos de la muerte? Que hay que probar el dolor, la humillación, el despojo. Y, cuando se está en lo más hondo, decidir salir de todo ello. Cuando los pueblos deciden romper con su amargo pasado de engaño y opresión, entonces, sólo entonces, ¡vuelve a haber vida después de la muerte!

(Próxima reflexión: Hundirse en la propia miseria)

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Columnista invitado

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