Cuento: El perro más feo y amoroso

Por: El Escudo de la Selva

Se acercó corriendo como si de un amigo se tratara. Movió su cola y levantó sus patas de adelante dispuesto a dar un abrazo caluroso que rompería con el frío de la lluvia. Su mirada cansada dejaba ver esos ojos azules y profundos que se escondían detrás de su pelo canoso y sucio que caía sobre su cara y se expandía por todo su cuerpo. Saltaba de un lugar a otro, y nos siguió el paso esquivando los charcos que se iban formando en la calle, producto de esa lluvia que daba inicio al mes de abril.  

Ya hacía mucho tiempo que no habíamos saludado a un perro de la calle, ya hacía mucho tiempo que no sabíamos de las buenas amistades. El último peludo caminante del mundo que llegó a nuestras vidas había perdido sus orejas en las peleas clandestinas de perros que los hombres crueles arreglaban para hacer fortuna, y después de su retiro, de las peleas, se hizo mi amigo, pero una familia lo adoptó para que le hiciera compañía a su hijo recién nacido. 

Paramos un taxi para que nos llevara a la casa, y el barbado de cuatro patas, sin pedir permiso se subió de primeras. La lluvia se hizo más fuerte y empezaron a caer relámpagos y rayos. -Es un perro viejo, pero no lo podemos dejar- dijo la flaca. De pronto el día se hizo de noche, hasta que llegamos a casa. El barbado empezó a temblar, sus patas hinchadas no paraban de titiritar. Tomé una de mis camisas más viejas y se la di para que calmara el frío mientras la flaca le preparaba una buena cena de bienvenida. 

De pronto, la flaca, como buscando una respuesta a lo que estaba pasando, cruzó su mirada con la mía, y sin pronunciar palabras, por el brillo de sus ojos sabía que me estaba pidiendo que nuestro nuevo amigo se quedara, – al menos por esta noche-, dijo, y así fue. Nos miró como pidiendo permiso y se enrolló en su cuerpo.  

Al otro día en la mañana, el barbado no se quiso levantar de su improvisada cama. Su mirada estaba más apagada, una tristeza profunda le golpeaba la existencia, podía sentir su dolor, podía sentir la debilidad en los latidos de su corazón. No quiso recibir el desayuno. Su delgado cuerpo dejó al descubierto las llagas y heridas que se escondían entre su pelo por las pulgas y garrapatas que se habían apoderado de sus patas, de su vida. No sabíamos si le quedaba poco tiempo de vida, así que corrimos al veterinario ¿Cuántos años tiene? Preguntó – pero nosotros no lo sabíamos- y tocando sus partes más nobles, es un cachorro dijo: – Debe tener unos 4 meses, pueden notarlo en sus bolitas que todavía no se han brotado – Sonreímos, mientras nos mirábamos- El viejo ya no era un viejo, era solo un pequeño y rarísimo perro que tenía su pelo canoso. 

Dos días duró en cama, sus orejotas cubrían parte de su cabeza, apenas respiraba. Pero decidido a vivir, se levantó tembloroso, y con la fuerza de su alma, comió sin parar toda la comida que tenía acumulada. Con el paso de los días, nunca más volvió a flaquear. El barbas, negro o el nego, como ahora se llama es el dueño de las sillas, la cama y los zapatos. Él lo sabe, las vidas cambian. Ahora el azul de sus ojos combina con su pelo blanco y amarillo, que también cambia al pasar de los días. Así se ve desde el daltonismo que tienen mis ojos.  En las salidas a pasear, la gente le queda mirando. 

Una niña lo saludó –¡Que perro tan feo, pero tan feo, pero tan amoroso! 

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