Cuando la única salvación es salir corriendo: Un relato desgarrador

El año 2022 llegó marcado de terror, desgracia, violencia, represiones y el abandono forzado para miles de campesinos e indígenas venezolanos y colombianos residentes en Puerto Páez, (Estado Apure, Venezuela), en la orilla venezolana del río Meta.

La trágica historia empezó la primera semana de este año, porque al parecer grupos irregulares que operan la frontera colombo venezolana se están disputando el poder territorial, lo que ha generado reclutamiento forzado de niños y jóvenes en las comunidades de ese sector del vecino país.

“Nos llegaron a la comunidad y nos dijeron que teníamos que entregarles a nuestros hijos, que teníamos que dejarlos con ellos para incorporarlos al grupo armado de ellos, grupo que no puedo mencionar. Pero nos dijeron que necesitaban a nuestros hijos para seguir batallando, peleando”, dijo a EL MORICHAL Inés*, una madre colombo venezolana desplazada. “No sé de qué pelea hablaban”.

Inés es una colombiana que hace años salió de tierras del Casanare con su familia hacia Venezuela, desplazada por la violencia y el conflicto armado en esa región de la Orinoquía colombiana. En el vecino país vivió muchos años trabajando el campo, pero, huyendo nuevamente de las garras asfixiantes de los grupos al margen de la ley, que operan desde territorio venezolano, regresó a su patria con “una mano adelante y la otra atrás”. 

El 12 de enero, la llegada migratoria de esta población desplazada fue puesta de manifiesto en Puerto Carreño por una la líder social indígena (a quien no mencionamos por su nombre para evitarle problemas de seguridad). Ella informó a las autoridades colombianas el arribo intempestivo de varias familias que, “con solo la ropa puesta encima” se habían apostado en la orilla colombiana del río Meta, para refugiarse de “unas presuntas amenazas recibidas por grupos armados aún no identificado por las autoridades”.

La comunidad donde vivía Inés y su familia, Puerto Páez, tiene alrededor de cincuenta familias, entre indígenas y campesinos. Cuenta la mujer que cada noche del mes pasado fue de hostigamiento, incertidumbre y terror donde no valió denuncia alguna ante las autoridades del Estado venezolano.

“Un vecino puso la queja a las autoridades del gobierno venezolano, entonces estos grupos se lo llevaron y a los días apareció muerto, según que “por sapo”. Después sacaron al esposo de una familiar y lo mataron prácticamente en presencia de nosotros. Esto para meternos miedo y que nosotros accediéramos, algo así como, que sí no queremos por las buenas, nos tocaba a las malas”, explicó la mujer.

“Días después, entraron nuevamente a la comunidad, golpearon la puerta de otro vecino y le cayeron a tiros y le esguazaron la cara al hombre, lo dejaron desecho. A la mujer de él, le dijeron que si hablaban la mataban también. Ella, como pudo recogió a su esposo y lo lloró en silencio, junto con los vecinos más allegados de la comunidad”, relató Inés.

Inés y su familia, vivían la zozobra y el pánico cada noche. Las posibilidades de salir de ese entorno que amenaza el futuro y la vida de sus integrantes era incierto. “Nos dijeron: tal día vamos a pasar por ustedes, mencionando a los más jóvenes de 13 y 16 años… por eso decidimos huir del horror, yo no quiero regresar a Venezuela, no le voy a entregar mis hijos a ellos”, declaró en reiteradas ocasiones.

La valiente mujer explicó a EL MORICHAL cómo logró cruzar la frontera de noche junto a sus seis hijos para refugiarse en territorio colombiano. “Nos vinimos el 17 de enero para Puerto Carreño, salimos huyendo una noche, atravesamos un monte hasta llegar a la playa, a orillas del río, allí dormimos y descansamos un poco junto a otras personas, más familias con niños que también salieron, teníamos miedo porque esa noche estaba el gobierno regado, nos habían dicho que no estaban dejando pasar a nadie”.

Esa noche cruzaron 27 personas en una canoa de madera. A canalete limpio hicieron varios viajes pasando de 4 a 7 personas. Actualmente se encuentran ubicados en un sector Puerto Carreño de forma provisional y a la espera de reubicación por parte de las autoridades colombianas.

“No trajimos nada, solo la ropa puesta encima y las ganas de seguir viviendo. Pido que el gobierno colombiano nos tome en cuenta, necesitamos ayuda urgente. No ha sido fácil, hemos tenido sed y hambre en estos días, estamos muy necesitados, a nuestros niños les ha dado fiebre, necesitamos la atención y el apoyo”, dijo mujer.

EL MORICHAL conoció otros desgarradores testimonios, como el de Luzcelina, quien pasa los días en medio del llanto y el estrés mental de no saber nada de su hijo de 22 años, que se encuentra desaparecido desde pasado 3 de enero 2022, por culpa de la violencia suscitada en la zona.

Otra joven mujer desplazada por el conflicto armado generado en Puerto Páez es Doris. Con su niña recién nacida entre sus brazos, narró que su esposo, un pescador, desapareció y nadie le ha da razón de su ubicación. “Temo por su vida”.

De acuerdo a información de la Alcaldía de Puerto Carreño, un mes después de iniciado el desplazamiento hacia la capital vichadense, se contabilizan alrededor de 1.000 personas, que fueron caracterizadas y focalizadas en aras de que puedan recibir ayudas a través del Gobierno Nacional y los cooperantes que hacen vida en la región.

*El nombre de las personas que relataron sus historias para esta nota fueron cambiados por razones de su seguridad.

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