Historias de migración en tiempos de pandemia

Por: Gardenia Rebolledo

Ana Pérez es oriunda de Maracay (Aragua, Venezuela) y se instaló en Puerto Carreño huyendo de ‘la hambruna’ provocada por la crisis política y social que enfrenta su país. Llegó hace dos años a la capital vichadense junto a sus dos hijas menores de edad y su esposo.

“Solo queremos una vida digna y mejores condiciones de estudio para mis hijas y mejor atención de salud para mi esposo que es ciego”, asegura.

Durante el día recorre el sector céntrico de la ciudad para vender tinto y algunas golosinas. Su esposo con bastón y un tarro viejo en mano, solicita algunas monedas de caridad en los alrededores del Bancolombia.

Con la pandemia de la COVID-19 la vida para ella y miles de venezolanos se agudizó. “Antes de la pandemia estuve vendiendo dulces por las calles, luego el encierro nos obligó a quedarnos en casa y sobrevivir con algunas donaciones que nos dieron”, precisó.

De nuevo en su oficio, Ana explica que “debo vender seis termos de café para poder completar 25 mil pesos que me ayudan para comer y completar para el canon de arriendo mensual”. Paga 200 mil pesos por una pequeña habitación para los cuatro.

En labores de caridad, su esposo puede llegar a recoger desde 300 hasta 20 mil pesos en un día, que bajo las circunstancias en la que viven, de algo sirven.

Por la cercanía fronteriza y la marcada tradición comercial que durante años ha existido, Puerto Carreño (Vichada) es uno de los principales epicentros de recepción de migrantes en el oriente colombiano.

Han llegado desde profesionales hasta personas de baja escolaridad, pero indistintamente, todos han tenido que ocuparse en lo que puedan para sobrevivir; se han dedicado al comercio independiente y ambulante por las principales calles de la ciudad, ofreciendo desde un arbolito para sembrar hasta servicios de mano de obra.

Por eso, una mano amiga nunca está de más. La Iglesia Católica ha venido realizando algunas acciones para mitigar el impacto social que atraviesa la población migrante y algunos nacionales en estado de vulnerabilidad.

“Dependiendo de la situación de un hogar que nosotros encontramos, hacemos un puente de comunicación para cada familia migrante para que accedan a las organizaciones humanitarias y tengan su derecho a pleno a la salud. Hemos prestado el apoyo en una línea del proyecto con un subsidio de 10 mil pesos para el transporte de las familias hasta el hospital”, manifestó Sandra Milena Torres, coordinadora del proyecto del Vicariato de Puerto Carreño que apoya a los migrantes.

Otra entidad que durante este tiempo ha enfocado su esfuerzo a los migrantes es la Cruz Roja, brindando servicios de salud. Allí encontramos a Arelys González, buscando medicina para un dolor estomacal y descompensación que presentan sus hijos.

Arelys es una joven indígena de 27 años oriunda de Puerto Ayacucho (Amazonas, Venezuela). Llegó a Puerto Carreño en hace cinco meses e ingresó por trochas informales. Asegura que vino a Colombia para tratar de brindar una mejor calidad de vida a sus pequeños.

“Mis hijos y yo no hemos comido desde hace un día y medio, porque no tenemos que comer”, asegura. “He buscado trabajo y no se consigue”.

A veces, pelando cebollas en supermercados y tiendas cuando llega la verdura de Bogotá, se gana seis mil pesos que le alcanza para una libra de arroz, cuatro huevos y un Frutiño. Es todo.

Actualmente vive en un cambuche en una de las características piedras del barrio Simón Bolívar de Puerto Carreño. “Yo no sé qué hacer, he pedido alimentos, pero la gente me mira feo y me corre de dónde voy”.

Esta vez logró reclamar los medicamentos que por un momento aliviarán los malestares a sus hijos, seguramente provocados por la prolongada falta de alimentación.

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