En Vichada conocí el niño que lleva 85 años atrapado en un cuerpo de adulto

Por: María Angélica Riveros

Nunca he estado de acuerdo con la afirmación que “Colombia es bonita, lo malo es la gente”. En este país hay personas maravillosas y tan particulares como el 29 de febrero y cada lapso de tiempo y como casualidad de la vida tengo la oportunidad de conocerlas. Este año, conocí a Memo.

Fue a mediados de marzo, en un campamento de Siete Ríos Campp Vichada, ubicado en el sector Las Ramplas en el río Bita, a 15 o 17 horas por agua o a solo tres por vía terrestre desde Puerto Carrreño. “Mi nombre es Guillermo Ucróss Umaña, pero me dicen ‘Memo’” me dijo apenas se presentó. Sonrió y en su gesto pude entrever un aire frágil de mi abuelo por su contextura delgada y casi liviana, pero luego me llevé una gran sorpresa.

Caí en el estereotipo de creer que las personas de una edad avanzada necesitan toda la atención, le ofrecí mi mano para ayudarlo a bajar del bote y él me extendido los brazos para un abrazo, su forma tierna y caballerosa de decirme: “No necesito ayuda”. El primer día de pesca, a las 9 am y con el sol al tope le ofrecí agua y me dijo: “No, una cerveza” y quedé sin palabras “a él no lo engaña con agua” me gritó don Ricardo, su compañero de pesca de ese día.

Don Guillermo tiene 85 años, de los cuales lleva 45 pescando en la zona de la Orinoquía: ha pescado en los departamentos Meta, Guainía y en el Vichada, entre otros, y su proyecto de éste año es poder pescar en el río Vichada.

Como todos los foráneos que visitamos está hermosa zona, don Memo quedó enamorado de estas tierras para los hombres sin tierra a la cual seguirá retornando hasta que su cuerpo siga su voluntad incansable.

Según cuenta, lo que le llama la atención de la pesca es la paciencia de esperar y la emoción del pique de los peces, aunque admite con gracia que sólo con su señora es paciente.

Memo es pequeño y delgado, casi no come; siempre pide “poquitico” cuando le sirven la comida aunque en sus viajes de pesca se pueda tomar casi 10 cervezas diarias y no se niega ningún brindis con una bebida más fuerte que le puedan hacer sus compañeros de más de 30 años de pesca. Cuando en las mañanas se baña en el río, a diferencia de muchos de nosotros arrastra los pies, siendo precavido de no toparse con una raya aún si es de día. Una vez ubica la zona del río que le gusta para el baño uno esperaría que se sumergiera suavemente, pero en carrera se tira de clavado, algo que ni yo a mis 27 hago hace muchos años.

El grupo de ocho pescadores donde estaba incluido don Memo, está constituido en su mayoría por pensionados, entre los 50 y 85 años, hombres tranquilos que tuvieron importantes cargos en diferentes ambientes, que disfrutan sus años viejos pescando, sin embargo, mi protagonista, se resiste a pensionarse y sigue trabajando en su empresa.

En el segundo día del campamento entramos a una laguna, con la mitad de dicho grupo; insistí de nuevo ofreciendo mi mano, pero aún persistía en rechazarla amable pero rotundamente. Mientras los demás pescadores se iban por el camino seco y boscoso hacia la laguna, don Memo se quedó -como espectador, pensé- mientras 3 de los guías iniciaron la dura entrada de las embarcaciones a la laguna entre barrial y ramas.  Don Guillermo no se estaba pensando en ser otro espectador, se apuró a ayudarles y ese señor tan “frágil” a sus 85 años empujó a la par con los guías, entre risas y sudor los ayudó hasta quedarse enterrado en el lodo, en una carcajada que se escuchaba a lo lejos, por increíble que pareciera que un hombre de su edad en medio de semejante barrial, reía y sólo pensé que el tiempo en él se detuvo y un niño se quedó atrapado en ese cascarón encorvado y arrugado. Su espíritu nos dio risas, a los guías solidaridad permanente y a mí asombro.

Durante la jornada de pesca, buscaba la manera de tirar a sus compañeros al río, las risas nunca paraban y aunque llegara asoleado y quemado, su energía siempre estaba al tope.

En los 7 días de pesca, sólo pude verlo con admiración y pensar que quería ser así a mis 85 años, y que en mi año bisiesto conocí a una de esas personas que se ven muy rara vez, cada cierto tiempo, como don Guillermo, o como le dicen sus amigos ‘Memo’.

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