Un adiós al Padre Elorza, el misionero de la selva y el raudal

El día jueves 6 de agosto de 2018 a las 4:40 pm en Medellín y a sus 98 años falleció el Padre Manuel Elorza Vanegas, un misionero entregado a Dios y a los pueblos indígenas, considerado como el misionero de la selva y el raudal en los departamentos del Guainía y el Vaupés. El Periódico EL MORICHAL hace un repaso de su vida.

Hace 98 años, un 18 de marzo de 1921 nació en Titiribi Antioquia el Padre Manuel Elorza, hijo de Gabriel Elorza y Rosa Antonia, de una familia de 6 hermanos. Desde muy niño se interesó por la palabra de Dios y su vocación lo llevó a ingresar al seminario de Misioneros Javerianos de Yarumal en 1935 en donde estudio 13 años, profesó como misionero el 3 de diciembre de 1943. Recibió su orden sacerdotal el 8 de diciembre de 1947 el día de la inmaculada concepción y profesó su primera misa en su pueblo natal de Ciudad Bolívar Antioquia, en medio de una fiesta por ser el hijo ilustre.

El 18 de octubre de 1949 en un avión tipo catalina de acuatizaje llamado el Mico llega al puerto de Mitú en el Vaupés y comienza sus recorridos por los territorios del gran Vaupés y se convierte en un viajero incansable por los ríos del Vaupés, del Guainía y partes del Vichada.

Al Departamento del Guainía llega en 1959 en una misión por la muerte del padre Felix Valencia, luego en 1961 hace un recorrido fluvial desde San Jose del Guaviare hasta la Ceiba, una comunidad en Guainía y en 1964 realiza su segunda visita a la Ceiba cuando Inírida era apenas un pequeño Caserío, después viaja a Inírida y se instala en el FER el cual era manejado por las hermanas Lauritas. Desde entonces su vida se convierte en un ir y venir de una comunidad a otra, de un caserío a otro, de un río a otro, de frontera a frontera, de Inírida a Mitú y a Medellín. Con otros compañeros, fundó la Escuela de los Catequistas indígenas Bilingües en 1965, que se ha convertido en el Centro de Animación de la Pastoral indígena, CAPI, de Mitú.

En 1990 el padre recibe una llamada de la capital de la eterna primavera y entonces viaja a Roma a un curso, con un tarro de ají en la maleta pisa tierras de la Pompeya la Nueva, Nápoles, la capilla de san Francisco de Asís, el coliseo romano y otras ciudades más, para luego regresar a Buenaventura en Colombia y de allí a su tierra adoptiva, el Vaupés. El 8 de diciembre de 1997 fue una fecha muy querida por él, porque además de que las hermanas Lauritas con quien trabajo de la mano, le celebraron sus bodas de oro por sus 50 años de servicio, también presencio la ordenación de los primeros sacerdotes indígenas en Mitú Vaupés celebrada por el monseñor Antonio Bayter.

Fue un apasionado por la cultura indígena, a tal punto, que con los Payé de todos los ríos del Gran Vaupés, aprendió los secretos del Yuruparí, del Yagé y los ceremoniales de los Oyne, de los Dabukurí, y de los Cachirí. Su gusto y su paladar se habían acostumbrado al casabe, la fariña, el chivé, la quiñapira y al moquiado, que le facilitaron completar sus misiones, además, aprendió varias lenguas indígenas, entre ellas; el Tucano, el cubeo y el Barazana.  También montaba su bicicleta e impuso un ritmo de vida acelerado y alegre. EI deporte, el futbol  y las muchas fatigas lo conservaron en forma, como un buen atleta hasta hace apenas unos años.

Luego de tantos años como misionero, en 2007 recibe órdenes superiores para viajar a Medellín a una casa de refugio para religiosos de avanzada edad, pero su amor por las comunidades indígenas era completo y decide volver al Guainía para continuar con su misión, pero ya en el 2017 su salud no le permitió continuar con su labor sacerdotal  y es trasladado a Medellín a la casa de Emaús en dónde muere a sus 98 años de vida y 72 años como misionero. Su deseo era morir y ser enterrado en Guainía y aunque no se cumplió, dejo en esta tierra y en el Vaupés dos grandes ciudades que ayudó a construir, sembrando en los corazones de su gente el amor por su cultura y un respeto por Dios. Como gratitud y homenaje a su aporte a esta región del país, la vida del Padre Elorza queda plasmada en un libro llamado “Huellas de un misionero, por los caminos y los ríos de la selva”. El Padre conoció este homenaje antes de decir adiós.

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