Editorial: Selfies del ayer…

Hay días en los que quisiera no sentir tan duro el sol y disfrutar más el agua de mis raíces, volver a ese tiempo, cuando el sol calentaba menos, y el agua era aún más abundante en éstos esteros. Eso fue antes de que pasaran máquinas andantes y ruidosas por los bancales de las sabanas vecinas mías, no sé cuánto tiempo, pero fue hace mucho. Sí, antes que trajeran ganados, hombres de a caballo, que con sus pisadas apretaron el suelo de mis pies y obligaron al agua a hundirse o alejarse, se secaron los bajos, los esteros y se perdieron nacederos y humedales, luego, cada vez volvieron menos garzas, menos corocoras, menos garzones, menos…, menos…

Tal vez en ese tiempo, que ciertos hombres y mujeres pasaban de vez en cuando, recogiendo mis semillas, comiendo de estos frutos… a veces nos peluquiaban[1] a todos, nos dejaban calvos, y con las hojas de nuestras cabezas hacían refugios para ellos, sus críos, y sus mayores. Se escondían allí de las tempestades, del sol y también de la luna… otras veces se acercaban sobre troncos de árboles antiguos que deslizaban sobre el agua de los esteros anegados, todo era un solo espejo de agua, así además de mis frutos y semillas atrapaban peces de muchos colores, grandes y pequeños, luego se iban y tardaba mucho el tiempo en que volviera a verlos, pero yo nunca los extrañé, ni añoré, solo veía que llevaban mis semillas a lugares distantes como el agua, hacían lo que yo no podía hacer; moverme del sitio de mis raíces.

Crecí en la frescura de la tierra húmeda y a veces inundada, a la sombra de las hojas de mi madre, según el tiempo nuestro. Aún estamos aquí, juntos, no han cambiado muchas cosas, solo andantes que han venido y se han marchado, como el viento, que a veces ¡es muy fuerte! Nos empuja hasta que se cansa y se va. Pensaba que era uno, pero son muchos vientos, casi siempre diferentes, a veces vienen solos, otras veces los invita la lluvia, y se traen el relámpago, por un momento todo parece cambiar con ellos y su fuerza. Pero cuando se van, quedamos otra vez nosotros sembrados en ésta tierra, casi siempre como uno solo, no el moriche, sino El Morichal.

[1] Costumbrismo, por Peluqueaban.

Foto. Instituto Humboldt
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